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William Castro Atencia / ETERNIDADES

En portada de ETERNIDADES : Sagaz, Carlos Alberto Jacanamijoy Quinchoa.

JUANELE, MÁS ALLÁ DEL PAISAJE

 La vida del hombre se sitúa al margen de los animales si se observa a ambos como parte de una misma naturaleza, reinada por seres como las plantas, los árboles, el sol y el río, elementos que la poesía de Juan L. Ortiz rescata en la construcción de paisajes sonoros. Ejemplo de ello es la obra El ángel inclinado (1937), poemario resultante de su contacto con el hábitat rural de Entre Ríos, para descifrar así los misterios resguardados en el alto Paraná.

          La convivencia campestre, el contacto genuino con otros lenguajes (físicos, biológicos…), son algunos de los temas principales a abordarse en este poema-río, que exige a los lectores la tranquilidad de un paso lento y fluido. Personalmente, una experiencia única y pertinente para aquellos que leemos desde la ciudad sintiéndonos igual de exaltados, demostrando que “el ejercicio constructivo está ligado a la construcción imaginaria que arraiga en una experiencia subjetiva” (Genovesse A., 2011, p.102).

     El ángel inclinado es una obra compuesta por dieciocho poemas que, en su incomunicabilidad, me hacen cuestionar por el valor que le otorgamos al paisaje. Para ello, el autor se apoya particularmente en herramientas estilísticas como los puntos suspensivos en todos los títulos, con los que consolida ese silencio previo al ruido que evocará la palabra: interruptor de quietud y movimiento.

     En este breve espacio, quisiera limitarme a analizar la manera como el agua se constituye en el eje simbólico y conductor de una escritura caudal, que es la escritura caracterizada por el efecto de arrastrar toda clase de imágenes que se le crucen. En ese sentido, aspectos como el temple de ánimo y el tono de las voces líricas, se verán afectados en la intención de dibujar y desdibujar de repente un paisaje edénico.

Así mismo, los siguientes poemas presentan una transición basándose en problemáticas del s.XXl, tal como la guerra; sobre la cual el autor despierta cierta sensibilidad al establecer un diálogo con el poeta Federico García Lorca, figura clave en la poética contemporánea, que en Armand (2007) constituye una disposición con el tiempo, basándose en el lenguaje como objeto de investigación poética, técnica y práctica histórica.[1]

     Nos abriremos primeramente a la corriente de un misterioso río, rodeado de árboles y luces pálidas del atardecer, como ausente de la figura humana o animal. El afán convertido en angustia, confusión y soledad, le humedecen y aguzan los sentidos a la voz poética, hasta que un algo igual de secreto acaba tornando su tristeza en júbilo:

“De pronto sentí el rio en mí,

corría en mí

con sus orillas trémulas de señas,

con sus hondos reflejos apenas estrellados.

Corría el río en mí con sus ramajes.

Era yo un río en el anochecer,

y suspiraban en mí los árboles,

y el sendero y las hierbas se apagaban en mí.

Me atravesaba un río, me atravesaba un río!”

(Fuí al río…, p.3).

     La sensación de ser atravesado por un río es también la experiencia extrasensorial de sentirnos tocados por la madre naturaleza, de volvernos uno solo con ella. Es este el contrato de apertura que sella la voz lírica para lograr embarcarnos en un viaje distinguido por la dinámica de las cosas que irán empapando el paisaje, de tal forma que se genera una transposición del objeto real al “mundo de los textos” literarios y/o ficticios (Ponge, 1971, p.280).

          A continuación, hallaremos el bosquejo de un cuadro infantil que juega y ríe bajo los intensos rayos del sol, sensación de paz y tranquilidad equivalentes a la percepción ya descrita del río. No obstante, si antes observábamos el angustioso vacío que se llenaba al dar la voz poética con la fuente del saber, ahora, por el contrario, es la pérdida del mismo lo que se destina al niño:

“Demasiado saben, pero

aún ignoran

la pesadilla cortada

de metralla y muerte súbita

—sorpresa terrible de ángeles

despertados en el fuego

y la sangre—,

de sus hermanos lejanos

de las ciudades de España”

(En el dorado milagro…, p.4).

          La aparición contradictoria de los ángeles suscita un infierno de tempestades que nos invitan a ver otra realidad más sangrienta. Los niños se relacionan con ellos en el sentido de la pureza que ostentarán naturalmente solo hasta la transición del sueño a la pesadilla de las verdades de la tortura, del exterminio en masa, de la humillación sádica, la sustracción metódica de toda identidad reconocible a la mente y el cuerpo humanos, millones de mujeres, hombres y niños reducidos a «muertos vivientes»”, sufrida en contextos como la aludida Guerra Civil Española (Steiner, 2010, p.147).

          Durante tres largos años el mundo sería testigo de dicho conflicto bélico, que haría reflexionar a más de uno sobre la importancia de contemplar el milagro del amanecer. El ansia encarnada de imponerse como ley, instará a millones de franquistas al derramamiento de sangre inocente como la del poeta García Lorca:

“Iba con un énfasis todo infantil con el hallazgo

de las canciones del pueblo.

Oh gracia fresca del pueblo para decir su alegría, su dolor,

la pesadilla terrible de su vida

donde veía las sombras de la fatalidad, por veces:

un niño en los infiernos con las alas del ángel de la melodía!

 (García Lorca…, p.14).

          En este poema, si a Lorca se le reconoce como un cantor antes que poeta, ello se justifica en su intención de no querer “poner ritmo al viento”, sino más bien servir de ángel emisario, anunciante de “los primeros sufrimientos y de las primeras nostalgias, de las primeras rebeliones y también de las primeras fiestas”, que el majestuoso río conducirá al pueblo español.

          Más allá del paisaje, el canto en esta poesía de intemperie seguirá fluyendo por un sendero de intemperie, hasta resonar en los oídos de otros seres que se reivindican como “naturales”, al ser la naturaleza la que se sirve del poeta para cantar y no viceversa. Este, a través de sus voces, conseguirá permanecer en un único estado de infancia para el descubrimiento de la realidad interior de un territorio transgredido por humanos (animales).

Bibliografía

Ortíz L., Juan (1937). El ángel inclinado. Ed. Biblioteca Libera los Libros.

Carrera A., (2009). Ensayos murmurados. Mansalva. Colección Campo Real.

Osvaldo A., (2008). Una poesía del futuro. Conversaciones con Juan L. Ortiz. Mansalva. Colección Campo Real.

Referencias

Armand L., (2007). Contemporary poetics. Northwesten, University Press, Evanston, Illinois.

Genovese A., (2011). LEER POESÍA. Lo leve, lo grave, lo opaco. Fondo de cultura económica.

Ponge F:, (2000). Métodos. La práctica de la literatura, El vaso de agua y otros poemas-ensayo. Adriana Hidalgo editora.

Steiner G., (2011). La poesía del pensamiento. Del helenismo a Celan. Disponible en: https://ww2.lectulandia.com/book/la-poesia-del-pensamiento/

NOTAS


[1] “A poetics, in other words, that both responds to and seeks to account for the particularly contemporary (and consequently technological) emplacement of language, and the material basis of this emplacement as an “object” of poetic investigation, practice and above all technique—from the historical advent of concrete poetry to the current techno-poetics of cyberspace” (Armand L., 2007, p.ii).

William Castro Atencia (Colombia). Ensayista. Licenciado en español y literatura y candidato a Máster en Literatura Hispanoamericana y del Caribe de la Universidad del Atlántico. Trabaja como docente de francés, mediador cultural y periodista de medios alternativos e independientes de Barranquilla.

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