Ruth Lorenzo Santos

PUEDO MORIR…

Puedo morir de silencio,
caer en cualquier esquina,
esquivarme de la espina
enterrada con desprecio.
Puedo aceptar que es el precio
de arroparme en mi frontera.
La ausencia, ruda manera,
de transfigurar adioses,
en un talismán de voces
esculpidas a mi vera.

Puedo morir en lo oscuro
creyendo que hay luz de luna,
entretenida por una
estrella asomada al muro.
Aprovechar el conjuro
de postrarme cual beato,
como un mendigo barato,
sin sentir que estoy muriendo
en un mutismo tremendo.
Silencio y sombras; mi trato.

Acompañando a la ola
derrotada por la orilla,
me convertiré en arcilla
o rebelde caracola.
Desierta, como amapola
del camino abandonado,
dejaré deshabitado
cada minuto vivido.
Nadie sabrá que he sufrido.
Nadie sabrá que he llorado.

EN LA ORILLA DEL MAR

Pobre verbo que no te alcanza
y me descubre burlando trueques con un cigarro.

Fue la alborada en mi sombra
quien propuso el encuentro,
unas pestañas dibujando el vaivén del mar,
diminutas manecillas por los rincones
de una piel empeñada ante un rayo de luna
o el soplo en el farallón que nos quiso.

El poema que te robo cuando el hastío se funde en la sien.

Será porque nací hereje de letras,
sin embargo, te puedo bañar en metáforas y rimas
en este otoño que llega escaso de colores
a robarte la mirada, la canción.

Vengo a prometer mi cansancio de las noches
si el augurio no te sobra
y la quimera me permite bostezar.

Ya conoces, no traigo estrofas,
se encabritaron mis vocales,
pero busco en tu aniversario el paso
que nos lleve, de nuevo,
como en Vientos del sur,
juntos,
a la orilla del mar.

APUNTES

Con las notas de mis versos asumo el pasado,
es el modo de revelar los desajustes,
la calle donde pondero las culpas,
el desafío entre duda y sueño.

Con las notas de tu piano mansillo el misterio de estar viva,
renazco en sus acordes y lloro el descuido
que me hizo nula a su toque.

Son teclas agitadas por el tiempo, el aire, las olas,
un himno que salva,
el tablón que sacrifica la pena.

Ajusto y armonizo el camino
en el teclado de tu mundo,
allí, donde me enorgullezco,
sobre la rabia que germina
cuando me decido a parecer otra persona.

En vigilia

Lloro junto al pecho raído de espanto,
junto los algodones del cielo
para ahuyentar el diluvio.
No se sabe qué será mañana,
solo que hay volcanes acunando las horas,
que el centro de la vida se ha vuelto inútil
y los percheros no necesitan trajes de gala.

Hay un gato alumbrando la noche,
se asusta con el brillo de la luna
y busca refugio entre los brazos del hombre
que sostiene un crucifijo
como único sortilegio para volver a creer.

La inocencia

A veces sueño contigo
te abrazo con dedos manchados de olvido,
vidrio en los ojos, el alma de cartón.
Me sobran los gestos a darte,
la razón guardada
donde los nervios rompieron la piel.
No me escondas la molestia,
es en vano el sepulcro
para guardar el silencio,
el doble regazo al que acudías
a sembrar tu huella.
No escapo al sollozo de disculpa,
aunque despierte
sé cada gesto que no puedes ocultar
y te dejo, supón que te creo,
pero no me toques la inocencia.

Se me fueron los títulos

Desnuda de paréntesis comulgo con el pasado.
Tras el escondite de la risa espero encontrarte,
en el banco donde colmé mi paciencia
y te regalé aquel pétalo que marcó nuestro rumbo.
Se me fueron los títulos con aquella despedida,
surca la mirada un incontenible deseo de gritar.
Ya no me provoca la imprudencia,
agarro con fuerza el lápiz,
escribo, como sea, las horas
y busco refugio en mis renglones
para sobrevivir.

Traigo una paciencia acumulada

que me lleva hasta tu calle de barro y sal.

Puede que te encuentre tras la lluvia,

como eras,

sentado en la ventana de ladrillo,

frente al foco silente;

cómplice de las promesas abandonadas

a la orilla del contén,

donde el reflejo de mis lágrimas

burla el sueño de regresar a ti.

Otro Quijote

Desaté mi barco del muelle,

triste de mirar gaviotas,

el silencio del viento,

la música del mar.

He pasado muchas lunas en alerta,

dibujando nubes, atizando piedras,

confiscando caracoles.

La marea picó las vigas,

y yo, sentada entre barrotes

con los pies en el agua,

en vigilia sostenida por la sombra

de los instintos fenecidos.

Hoy zafaré las amarras

para dejar libre el muelle a otro quijote.

Nueva mirada

Voy a perderme en el aliento de tus ojos,

entre la sabia con que sueles acomodar el día.

Reluce tu nueva mirada

al terraplén de luna que disimula la saña

por esa carcomida pared

que nos alejó del pasado.

Llevas la vestimenta raída por el tiempo

que te robó la herencia

de andar ligado a la sangre

en la tierra negra y húmeda

que nos puso en el mismo sitio

donde una vez

se descubrieron nuestros padres.

Ruth Lorenzo Santos (Nuevitas, Camagüey. Cuba, 1960). Narradora y poeta. Miembro de la Peña de Arte y Literatura Manuel Maure Parri, promotora de eventos como tendederas de poemas, exposiciones con artistas plásticos y artesanos de la localidad, conductora de veladas y otras actividades de dicha Peña. Ha obtenido premios y menciones en concursos entre los que se destaca “Emilia Bernal”, que convoca la Biblioteca Municipal y eventos de investigación del Museo Municipal, mención en concurso del Museo Diocesano de Camagüey. Finalista en cuatro ocasiones en Concursos Internacionales de Poesía convocados por Grupo de Escritores Argentinos. Forma parte de la Antología Vientos del Sur de la Editora Argentina Linda y Fatal Ediciones en el 2015. Posee un poema publicado por Ouroboros en su Revista No. 26 y en la revista Mexicana el Gorrión Ahorcado.

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