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Rosario Castellanos: Meditación en el umbral

Por Yuly Andrea Durango y Luis Eduardo Cano.

Rosario Castellanos Figueroa (Ciudad de México, México, 25 de mayo de 1925 – Tel Aviv, Israel, 24 de agosto de 1974). Escritora, periodista, diplomática y poeta mexicana. Rosario Castellanos alcanzó a ser una escritora prolífica, pues cultivó todos los géneros literarios, desde el teatro, el cuento, hasta la novela. Más reconocida por su obra poética, que la convierte en una de las autoras más destacadas en la literatura de México en el último siglo.

Su infancia y parte de su adolescencia transcurrió en Comitán y San Cristóbal de las Casas, Chiapas. Luego se trasladó a la Ciudad de México, donde estudió Filosofía y Letras, obteniendo el título de maestra en filosofía de la Universidad Nacional Autónoma de México en 1950 con la tesis “Sobre la cultura femenina”. En su estancia universitaria, llegó a relacionarse con los también poetas mexicanos, Dolores Castro Varela y Jaime Sabines; el poeta nicaragüense, Ernesto Cardenal y el hondureño, Augusto Monterroso.

En esta época estudiantil, se hizo una asidua colaboradora del diario Excélsior, labor que cumplió durante varios años, también publicó algunas crónicas y poemas en la Revista América.

Estudió estética en la Universidad de Madrid con una beca del Instituto de Cultura Hispánica. En su regreso al país, se desempeñó como promotora del Instituto Chiapaneco de la Cultura y del Instituto Nacional Indigenista.

En 1954 fue becada por la Fundación Rockefeller en el Centro Mexicano de Escritores. Se desempeñó como docente en diferentes universidades, entre ellas están la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, la Universidad de Wisconsin y la Universidad Estatal de Colorado.

En 1971 es invitada a desempeñarse en el cargo de embajadora de su país en Tel Aviv. A Israel se traslada con su hijo Gabriel. Muere en un lamentable accidente doméstico en 1974.

Otro modo de ser Mujer: Ironía y metáfora

Rosario Castellanos dedicó gran parte de su vida a la defensa de los derechos de las mujeres, pionera del feminismo latinoamericano, se convierte en símbolo de los movimientos feministas con la publicación de su tesis “Sobre la cultura femenina” en 1950. Rosario, una mujer crítica y profunda lectora, convierte su inquietud por la desigualdad social en energía creadora. Integra con maestría su preocupación por la marginación social, la violencia y la crisis ética en una pasión filosófica: la Obra.

La obra, tránsito del mundo espiritual y material requiere de la agudeza de las palabras. De este modo, Rosario encontró en la ironía, el arma para combatir y defenderse de las opresiones del mundo. El humor y la ironía son los recursos más frecuentes en su literatura. La ironía, pasaje que deja abierto el camino a otros modos de ser, de creer y pensar, que permite cuestionar los ropajes de la tradición y la costumbre que ahogan las voces diferentes.

Rosario, como habitante de parajes terrenales, propenso a los errores y contradicciones humanas, tuvo que enfrentar sus ideales con una vida material de desilusiones. Estuvo unida, alrededor de trece años, a un matrimonio desafortunado con Ricardo Guerra, relación de la que nació Gabriel Guerra Castellanos. El divorcio, inseguridades afectivas y profesionales la llevaron a continuas crisis emocionales. Sin embargo, como recuerda Elena Poniatowska, estas situaciones adversas no minaron su pasión literaria -a diario se daba cita con la pluma y la hoja en su escritorio- ni la responsabilidad con el público -no dejó de impartir ninguna de sus clases o conferencias-.

A lo largo de su vida, Rosario siempre estuvo buscando otro modo de ser. Un modo de ser que le permitiera ser mujer y libre. Parece una paradoja irreconciliable esta búsqueda, ser escritora y mujer en una época en la que todavía se creía en el hogar como único lugar para desarrollarse como mujer. Castellanos sintetizó en su vida diaria y en su escritura esta búsqueda de otro modo de ser mujer en la Ciudad de México del siglo XX, el reclamo de otro lugar para situarse como mujer y pensadora, sin ser rechazada por la sociedad.

Rosario Castellanos: Meditación en el umbral

La palabra poética de Rosario Castellanos nos despierta, nos hace huir desnudos, heridos por el silencio avanzamos, gimiendo de vértigo por un camino que antes conocíamos. En sus poemas buscamos encontrarnos y quedamos sorprendidos más allá de un triste espejo. Su palabra nos advierte del peligro de la vida que se desperdicia en masivos artificios. 

Transgresora del mito, Rosario Castellanos reflexiona con gran agudeza sobre los mismos mundos en que el hombre resbala y no avanza. La mujer poética, la mujer real, la mujer relato o mito, encuentra en su poesía un lugar para cuestionar, para preguntar. El cuerpo es encarnación de un principio cósmico, una historia o un relato transmitido por poderes históricos. El cuerpo del amor-muerte sufre violencias o las impone. Nuevos relatos que unen los elementos contrarios sin anularlos, imágenes poéticas que renuevan la percepción, que refrescan el sentido humano, que auscultan el horizonte de la propia carne en busca de otros modos de ser.

La poesía de Rosario Castellanos expone la viva urgencia que en nuestros días actuales reclamamos a la historia y a la sociedad. Reclamamos, como Rosario afirma, otro modo de ser. Estamos aturdidos como sociedad por nuestras aporías internas, prisioneros de las artimañas inducidas que creemos nuestras. Nuestras concepciones que dividen merecen ser revisadas, nuestro progreso indefinido, maquinaria ciega, industrias de la fascinación y las pantallas del prejuicio social, construcciones para la inmunidad hacia el otro, soledad multiplicada. Hay que mirar de frente estas heridas, hacer del mundo un espacio para nos.

De otro modo superar nuestras contradicciones, de otro modo escribirnos, descubrirnos. De otro modo que ser superando los muros de nuestra celda subjetiva. Hacemos nuestra la poesía en una palabra que resignifica todo empezando por el yo. Compartir el dolor, dar la voz al prisionero. Pero al mismo tiempo renovar esta soledad primordial, habitarla con el otro en el poema. Poemas para liberar el espíritu y el cuerpo, para redefinir el mundo y sus relaciones históricas. Desgarros metafóricos, rupturas mentales, cicatrices del tiempo vivido. Dia que se entrelaza con la noche, luces y sombras que conviven en la palabra, matices de nuestra cotidiana entrega, arcoíris fatales, partos de oscuridad, revelaciones de polvo.  Revisemos esas palabras destinadas, esos dichos que nos ahogan, esos mitos que parecen arrastrar las cadenas de los siglos. Permitamos que en el poema la palabra hable nuestro deseo.

Obra poética

Trayectoria del polvo, 1948.

Apuntes para una declaración de fe, 1948.

De la vigilia estéril, 1950.

El rescate del mundo, 1952.

Al pie de la letra, 1959.

Salomé y Judith: poemas dramáticos, 1959.

Lívida luz, 1960.

Materia memorable, 1960.

Poesía no eres tú: obra poética (1948-1971), 1972.

Entre sus ensayos están:

Sobre cultura femenina, 1950.

La novela mexicana contemporánea y su valor testimonial, 1960.

Mujer que sabe latín, 1973.

Novelas

Balún Canán, 1957.

Oficio de tinieblas, 1962.

Rito de iniciación, 1996.

Cuentos

Ciudad Real, 1960.

Los convidados de agosto, 1964.

Álbum de familia, 1971.

Premios y reconocimientos

Su profunda dedicación a las letras la hicieron merecedora de importantes reconocimientos entre los que se destacan:

  • Premio Xavier Villaurrutia (1961)
  • Premio Sor Juana Inés de la Cruz (1962)
  • Premio Carlos Trouyet (1967).
  • Premio Elías Sourasky de Letras (1972).

Su obra poética ha sido recopilada en el libro «Poesía no eres tú».

 Poesía no eres tú
  
 Porque si tú existieras
 tendría que existir yo también. Y eso es mentira.
  
 Nada hay más que nosotros: la pareja,
 los sexos conciliados en un hijo,
 las dos cabezas juntas, pero no contemplándose
 (para no convertir a nadie en un espejo)
 sino mirando frente a sí, hacia el otro.
  
 El otro: mediador, juez, equilibrio
 entre opuestos, testigo,
 nudo en el que se anuda lo que se había roto.
  
 El otro, la mudez que pide voz
 al que tiene la voz
 y reclama el oído del que escucha.
  
 El otro. Con el otro
 la humanidad, el diálogo, la poesía, comienzan.
  
  
 De: Poesía no eres tú
  
  


 Soneto del emigrado
  

 Cataluña hilandera y labradora,
 viñedo y olivar, almendra pura,
 Patria: rememorada arquitectura,
 ciudad junto a la mar historiadora.
  
 Ola de la pasión descubridor
 ola de la sirena y la aventura
 -Mediterráneo- hirió tu singlatura
 la nave del destierro con su proa.
  
 Emigrado, la ceiba de los mayas
 te dio su sombra grande y generosa
 cuando buscaste arrimo ante sus playas.
  
 Y al llegar a la Mesa del Consejo
 nos diste el sabor noble de tu prosa
 de sal latina y óleo y vino añejo.
  
  


 Trayectoria del polvo
  
 VII

 He aquí que la muerte tarda como el olvido.
 Nos va invadiendo, lenta, poro a poro.
 Es inútil correr, precipitarse,
 huir hasta inventar nuevos caminos
 y también es inútil estar quieto
 sin palpitar siquiera para que nos oiga.
  
 Cada minuto es la saeta en vano
 disparada hacia ella,
 eficaz al volver contra nosotros.
  
 Inútil aturdirse y convocar a la fiesta
 pues cuando regresamos, inevitablemente,
 alta la noche, al entreabrir la puerta
 la encontramos inmóvil esperándonos.
  
 Y no podemos escapar viviendo
 porque la Vida es una de sus máscaras.
  
 Y nada nos protege de su furia
 ni la humildad sumisa hacia su látigo
 ni la entrega violenta
 al círculo cerrado de sus brazos.



  
 Misterios gozosos
  
 A veces, tan ligera
 como un pez en el agua,
 me muevo entre las cosas
 feliz y alucinada.

  
  
 Feliz de ser quien soy,
 sólo una gran mirada:
 ojos de par en par
 y manos despojadas.
  
  
 Seno de Dios, asombro
 lejos de las palabras.
 Patria mía perdida,
 recobrada.



  
 Narciso 70
  
 Cuando abro los periódicos
 (perdón por la inmodestia, pero a veces
 un poco de verdad
 es más alimenticia y confortante
 que un par de huevos a la mexicana)
 es para leer mi nombre escrito en ellos.
  
 Mi nombre, que no abrevio por ninguna razón,
 es, a pesar de todo, tan pequeño
 como una anguila huidiza y se me pierde
 entre las líneas ágata que si hablaban de mí
 no recurrían más que al adjetivo neutro
 tras el que se ocultaba mi persona, mi libro,
 mi última conferencia.
  
 ¡Bah! ¡Qué importaba! ¡Estaba ahí! ¡Existía!
 Real, patente ante mis propios ojos.
  
 Pero cuando no estaba... Bueno, en fin,
 hay que ensayar la muerte puesto que se es mortal.
  
 Y cuando era una errata...
  
 De "En la tierra de en medio" 1970
  


 Parábola de la inconstante
  
 Antes cuando me hablaba de mí misma, decía:
 Si yo soy lo que soy
 y dejo que en mi cuerpo, que en mis años
 suceda ese proceso
 que la semilla le permite al árbol
 y la piedra a la estatua, seré la plenitud.
  
 Y acaso era verdad. Una verdad.
  
 Pero, ay, amanecía dócil como la hiedra
 a asirme a una pared como el enamorado
 se ase del otro con sus juramentos.
  

 Y luego yo esparcía a mi alrededor, erguida
 en solidez de roble,
 la rumorosa soledad, la sombra
 hospitalaria y daba al caminante
 -a su cuchillo agudo de memoria-
 el testimonio fiel de mi corteza.
  
 Mi actitud era a veces el reposo
 y otras el arrebato,
 la gracia o el furor, siempre los dos contrarios
 prontos a aniquilarse
 y a emerger de las ruinas del vencido.
  
 Cada hora suplantaba a alguno; cada hora
 me iba de algún mesón desmantelado
 en el que no encontré ni una mala bujía
 y en el que no me fue posible dejar nada.
  
 Usurpaba los nombres, me coronaba de ellos
 para arrojar después, lejos de mi, el despojo.
  
 Heme aquí, ya al final, y todavía
 no sé qué cara le daré a la muerte.
  
  

 Revelación
  
 Lo supe de repente:
 hay otro.
 Y desde entonces duermo solo a medias
 y ya casi no como.
  
 No es posible vivir
 con ese rostro
 que es el mío verdadero
 y que aún no conozco.



 Elegía
  
 Nunca, como a tu lado, fui de piedra.
  
 Y yo que me soñaba nube, agua,
 aire sobre la hoja,
 fuego de mil cambiantes llamaradas,
 sólo supe yacer,
 pesar, que es lo que sabe hacer la piedra
 alrededor del cuello del ahogado.
  



 Presencia
  
 Algún día lo sabré. Este cuerpo que ha sido
 mi albergue, mi prisión, mi hospital, es mi tumba.
  
 Esto que uní alrededor de un ansia,
 de un dolor, de un recuerdo,
 desertará buscando el agua, la hoja,
 la espora original y aun lo inerte y la piedra.
  
 Este nudo que fui ( de cóleras,
 traiciones, esperanzas,
 vislumbres repentinos, abandonos,
 hambres, gritos de miedo y desamparo
 y alegría fulgiendo en las tinieblas
 y palabras y amor y amor y amores)
 lo cortarán los años.
  
 Nadie verá la destrucción. Ninguno
 recogerá la página inconclusa.

 Entre el puñado de actos
 dispersos, aventados al azar, no habrá uno
 al que pongan aparte como a perla preciosa.
 Y sin embargo, hermano, amante, hijo,
 amigo, antepasado,
 no hay soledad, no hay muerte
 aunque yo olvide y aunque yo me acabe.
  
 Hombre, donde tú estás, donde tú vives
 permaneceremos todos.
  

 Lamentación de Dido

 Guardiana de las tumbas; botín para mi hermano, el de la corva garra de gavilán;
 nave de airosas velas, nave graciosa, sacrificada al rayo de las tempestades;
 mujer que asienta por primera vez la planta del pie en tierras desoladas
 y es más tarde nodriza de naciones, nodriza que amamanta con leche de sabiduría y de consejo;
 mujer siempre, y hasta el fin, que con el mismo pie de la
 sagrada peregrinación
 sube arrastrando la oscura cauda de su memoria
 hasta la pira alzada del suicidio.
 Tal es el relato de mis hechos. Dido mi nombre. Destinos
 como el mío se han pronunciado desde la Antigüedad con palabras hermosas y nobilísimas.
 Mi cifra se grabó en la corteza del árbol enorme de las tradiciones.
 Y cada primavera, cuando el árbol retoña,
 es mi espíritu, no el viento sin historia, es mi espíritu el que estremece y el que hace cantar su follaje.
  
 Y para renacer, año con año,
 escojo entre los apóstrofes que me coronan, para que resplandezca con un resplandor único,
 éste, que me da cierto parentesco con las playas:
 Dido, la abandonada, la que puso su corazón bajo el hachazo de un adiós tremendo.
  

 Yo era lo que fui: mujer de investidura desproporcionada con la flaqueza de su ánimo.
 Y, sentada a la sombra de un solio inmerecido,
 temblé bajo la púrpura igual que el agua tiembla bajo el légamo.
 Y para obedecer mandatos cuya incomprensibilidad me sobrepasa recorrí las baldosas de los pórticos con la balanza de la justicia entre mis manos
 y pesé las acciones y declaré mi consentimiento para algunas las más graves.
  
 Esto era en el día. Durante la noche no lo copa del festín, no la alegría de la serenata, no el sueño deleitoso.
 Sino los ojos acechando en la oscuridad, la inteligencia batiendo la selva intrincada de los textos
 para cobrar la presa que huye entre las páginas.
 Y mis oídos, habituados a la ardua polémica de los mentores,
 llegaron a ser hábiles para distinguir el robusto sonido del oro
 del estrépito estéril con que entrechocan los guijarros.
  
 De mi madre, que no desdeñó mis manos y que me las ungió desde el amanecer con la destreza,
 heredé oficios varios; cardadora de lana, escogedora del fruto que ilustra la estación y su clima,
 despabiladora de lámparas.
  
 Así pues tomé la rienda de mis días: potros domados, conocedores del camino, reconocedores de la querencia.
 Así pues ocupé mi sitio en la asamblea de los mayores.
 Y a la hora de la partición comí apaciblemente el pan que habían amasado mis deudos.
 Y con frecuencia sentí deshacerse entre mi boca el grano de sal de un acontecimiento dichoso.
  
 Pero no dilapidé mi lealtad. La atesoraba para el tiempo de las lamentaciones,
 para cuando los cuervos aletean encima de los tejados y mancillan la transparencia del cielo con su graznido fúnebre;
 para cuando la desgracia entra por la puerta principal de las mansiones
 y se la recibe con el mismo respeto que a una reina.
  
 De este modo transcurrió mi mocedad: en el cumplimiento de las menudas tareas domésticas; en la celebración de los ritos cotidianos; en la asistencia a los solemnes acontecimientos civiles.
  
 Y yo dormía, reclinando mi cabeza sobre una almohada de confianza.
 Así la llanura, dilatándose, puede creer en la benevolencia de su sino,
 porque ignora que la extensión no es más que la pista donde corre, como un atleta vencedor,
 enrojecido por el heroísmo supremo de su esfuerzo, la llama del incendio.
 Y el incendio vino a mí, la predación, la ruina, el exterminio
 ¡y no he dicho el amor!, en figura de náufrago.
  
 Esto que el mar rechaza, dije, es mío.
 Y ante él me adorné de la misericordia como del brazalete de más precio.
 Yo te conjuro, si oyes a que respondas: ¿quién esquivó la adversidad alguna vez? ¿Y quién tuvo a desdoro llamarle huésped suya y preparar la sala del convite?
 Quien lo hizo no es mi igual. Mi lenguaje se entronca con el de los inmoladores de sí mismos.
  
 El cuchillo bajo el que se quebró mi cerviz era un hombre llamado Eneas.
 Aquel Eneas, aquel, piadoso con los suyos solamente;
 acogido a la fortaleza de muros extranjeros; astuto, con astucias de bestia perseguida;
 invocador de númenes favorables; hermoso narrador de infortunios y hombre de paso; hombre con el corazón puesto en el futuro.
 La mujer es la que permanece; rama de sauce que llora en las orillas de los ríos.
  
 Y yo amé a aquel Eneas, a aquel hombre de promesa jurada ante otros dioses.
  
 Lo amé con mi ceguera de raíz, con mi soterramiento de raíz, con mi lenta fidelidad de raíz.
  
 No, no era la juventud. Era su mirada lo que así me cubría de florecimientos repentinos. Entonces yo fui capaz de poner la palma de mi mano, en signo de alianza, sobre la frente de la tierra. Y vi acercarse a mí, amistadas, las especies hostiles. Y vi también reducirse a número los astros. Y oí que el mundo tocaba su flauta de pastor.
  
 Pero esto no era suficiente. Y yo cubrí mi rostro con la máscara nocturna del amante.
 Ah, los que aman apuran tósigos mortales. Y el veneno enardeciendo su sangre, nublando sus ojos, trastornando su juicio, los conduce a cometer actos desatentados; a menospreciar aquello que tuvieron en más estima; a hacer escarnio de su túnica y a arrojar su fama como pasto para que hocen los cerdos.
 Así, aconsejada de mis enemigos, di pábulo al deseo y maquiné satisfacciones ilícitas y tejí un espeso manto de hipocresía para cubrirlas.
  
 Pero nada permanece oculto a la venganza. La tempestad presidió nuestro ayuntamiento; la reprobación fue el eco de nuestras decisiones.
  
 Mirad, aquí y allá, esparcidos, los instrumentos de la labor. Mirad el ceño del deber defraudado. Porque la molicie nos había reblandecido los tuétanos.
 Y convertida en antorcha yo no supe iluminar más que el desastre.
  
 Pero el hombre está sujeto durante un plazo menor a la embriaguez.
 Lúcido nuevamente, apenas salpicado por la sangre de la víctima,
 Eneas partió.
  
 Nada detiene al viento. ¡Cómo iba a detenerlo la rama de sauce que llora en las orillas de los ríos!
  
 En vano, en vano fue correr, destrenzada y frenética, sobre las arenas humeantes de la playa.
  
 Rasgué mi corazón y echó a volar una bandada de palomas negras. Y hasta el anochecer permanecí, incólume como un acantilado, bajo el brutal abalanzamiento de las olas.
  
 He aquí que al volver ya no me reconozco. Llego a mi casa y la encuentro arrasada por las furias. Ando por los caminos sin más vestidura para cubrirme que el velo arrebatado a la vergüenza; sin otro cíngulo que el de la desesperación para apretar mis sienes. Y, monótona zumbadora, la demencia me persigue con su aguijón de tábano.
  
 Mis amigos me miran al través de sus lágrimas; mis deudos vuelven el rostro hacia otra parte. Porque la desgracia es espectáculo que algunos no deben contemplar.
  
 Ah, sería preferible morir. Pero yo sé que para mí no hay muerte.
 Porque el dolor ¿y qué otra cosa soy más que dolor? me ha hecho eterna. 

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