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Rogelio Echavarría: un transeúnte de la poesía

Por Yuly Andrea Durango.

Rogelio Echavarría nace en Santa Rosa de Osos, Antioquia, en 1926. Se desempeñó como periodista y editor en los diarios bogotanos El Tiempo y El Espectador. En 1999 es galardonado con el Premio Nacional de Poesía Universidad de Antioquia. En 1947 escribe la mayor parte de sus poemas, que se publicarían un año después bajo el título de Edad sin tiempo. Entre 1949 y 1952 escribió El transeúnte, libro en el que reúne la mayor parte de su obra y que se convertiría en uno de los clásicos de la poesía colombiana contemporánea. La primera edición del libro apareció en 1964, publicada por el Ministerio de Educación Nacional, a partir de esa fecha, la obra de Rogelio Echavarría ha sido difundida en varias ediciones, el Instituto Colombiano de Cultura – Colcultura-, 1977, el Fondo Cultural Cafetero, 1984, la Editorial La Oveja Negra, 1985 y Autores Antioqueños, 1992.

En el prólogo Una poesía para nuestro tiempo que realiza José Manuel Arango, el poeta nos advierte sobre dos temas recurrentes en la obra del santarroseño, el primero de ellos, la soledad, esa misma que es libertad y esclavitud para el artista, y la muerte acompañada de lo teatral que termina convirtiéndose en lírica, pues así lo deja ver en su poema Muerte reiterada (Echavarría, 1994, 75):

Con mi mañosa lentitud
Engaño a todos, no a la muerte.
 
¿Qué prisa tengo para ver
Abiertos ojos, ciega muerte?
 
Cien pasos doy de para atrás
Pero la muerte los advierte.
 
 
Y si comienzo ya a morir,
morir después… ¡dudosa suerte!
 
Yo no le temo, no, al morir.
Temo al pavor que da la muerte.
 
El que la tema o que la ignore
no me exonera de la muerte.
 
Ojo por ojo, hueso por
hueso, la muerte cobra vida.
 
El poeta es un hombre que
vive y convive con la muerte
 
y que deambula con su muerte
por tenebrosos ambulacros.
 
Toda muerte que no es la
mía es sólo simulacro.
 
La tierra gira bajo mis
Pies. El cuerpo no lo siente
 
mas cuando caiga muerto irá
quieto y veloz en su corriente.

Rogelio Echavarría, como diría Darío Jaramillo Agudelo, es uno de los poetas que hace parte de nuestra educación sentimental, un artista que plasma con el lenguaje las emociones y sentimientos de todos, logrando exteriorizar en un poema las confusiones y remordimientos que nos atormentan. Su poesía versa sobre la verdad de todo lo que somos, las letras son una vía de conocimiento hacia nuestras propias experiencias, es ahí donde se ve transformada en arte la imperturbable cotidianidad. 

Más adelante, agrega Jaramillo: “Diré tan solo lo principal: Rogelio Echavarría es un poeta original en la poesía colombiana porque fue el primero que abrió los ojos a a la poesía de lo cotidiano y de la ciudad: y lo hizo sin perder vuelo lírico, sin abandonar el misterio esencial de la poesía” (Echavarría, 1992, 16).

Y para esto, no hay mejor prueba que el comienzo con que se abre El transeúnte, esa obra que retrata fielmente el amor y la soledad, y en donde él mismo se ve como un desencantado, un extranjero. 

Todas las calles que conozco
son un largo monólogo mío,
llenas de gentes como árboles
batidos por oscura batahola.
O si el sol florece en los balcones
y siembra su calor en el polvo movedizo,
las gentes que hallo son simples piedras
que no sé por qué viven rodando.
Bajo sus ojos —que me miran hostiles
como si yo fuera enemigo de todos—
no puedo descubrir una conciencia libre,
de criminal o de artista,
pero sé que todos luchan solos
por lo que buscan todos juntos.
Son un largo gemido
todas las calles que conozco.

El poeta está siempre preocupado por el destino incierto del hombre, por su fracaso cotidiano ¿acaso hace mal en preguntarse sobre la realidad absurda de la vida? Sabe reconocer que su largo viacrucis lo comparte con otros, no está solo, no es el único doliente en la ciudad. 

O si el sol florece en los balcones 
y siembra su calor en el polvo movedizo, 
las gentes que hallo son simples piedras 
que no sé por qué viven rodando. 

Acaso, puede haber algo que aliente o dé más esperanza que el sol del amanecer, que ilumina a toda esta masa sin importar que esté extraviada, que se apresura a llegar, lo mismo que para salir o simplemente escapar, la misma que cae y se levanta sin un preciso motivo. Aquí, la única certeza la tiene el sol, que conoce bien su dirección. Luego nos advierte de que esa misma aglomeración de gente busca construir armaduras-miradas que los protejan de los otros, todos están condenados a divagar por algo, a creer que aún falta algo por encontrar.  

Bajo sus ojos - que me miran hostiles 
como si yo fuera enemigo de todos- 
no puedo descubrir una conciencia libre, 
de criminal o de artista, 
pero sé que todos luchan solos 
por lo que buscan todos juntos. 
Son un largo gemido 
todas las calles que conozco. 

Aquellas calles que conoce, que él mismo ha habitado son un largo mar de lamentos interrumpidos por pequeños ríos de alegrías. O como dice Juan Gustavo Cobo Borda en el prólogo de El transeúnte paso a paso (2000), esta es una poesía explícita, donde la voz individual se torna con frecuencia conciencia colectiva.

Respecto a su participación en el grupo Mito, Rogelio va a imponer su propia voz con una poesía que va y viene desde lo cotidiano, y en la cual se encuentra una expresión trémula e intimista. Logrando una calidad lírica que sólo puede ser resultado de una implacable búsqueda hacia dentro, en donde llega a escudriñar en lo más hondo el terreno subjetivo. Es de aquí, de donde surge el planteamiento de las tradicionales peguntas existenciales sobre el origen y el destino, el conflicto del hombre con sus afanes y preocupaciones. 

En el poema Otra mañana (Echavarría, 1992, 101) encontramos el reflejo de una perturbadora cotidianidad

Otra mañana
 
La ducha tibia, la afeitada lenta,
la ropa limpia y el café con leche,
el diario fresco, la ventana abierta…
 
El cuarto de hotel lleno de ausencias
Y en el espejo infiel máscaras frías.
 
Igual a todos y distinto a todos
Y distinto a mí mismo cada día.

Y en La libertad (Echavarría, 1992, 39) vemos cómo alcanza una alta expresión, en donde ésta es un ancla que encadena, pero a la vez es su compañía predilecta

La libertad
 
La libertad no me encadena pero nunca me deja libre,
la libertad sigue mis pasos y me oculta todas las puertas,
la libertad está en mi casa y tiene un nombre
de alas clavadas que lloran: la soledad…
 
La soledad, mi solidaria en el teatro y en el parque,
la soledad en la sopa fría y en los comensales del restaurante,
la soledad a la mesa sentada en el bar
y en la moneda disoluta y en mi corazón impar.
 
La libertad está prohibida por los jueces y por el día,
la libertad quema su lámpara y mi novia es la libertad,
la libertad que separa a los hombres del pan,
la libertad que nunca nos comprende: la soledad…
 
La soledad es una mendiga que come con los cinco sentidos,
la soledad, mendiga de amor,
la soledad no sé qué es, por eso estoy tan solo
y pregunto a los que han muerto por mí: ¿qué es la libertad?

Bibliografía de Rogelio Echavarría

Amor desmedido y otros poemas. En: Revista Universidad de Antioquia. Medellín. Vol. 061, No. 0227, enero- Marzo 1992, pp. 67-70.

El transeúnte, Editorial Universidad de Antioquia, 1994.

El transeúnte y otros poemas, Ediciones Autores Antioqueños, Secretaría de Educación y Cultura del Departamento de Antioquia, Medellín, 1992.

Bibliografía sobre Rogelio Echavarría

A.A.V.V. Rogelio Echavarría (1926). En: Historia de la poesía colombiana. Santafé de Bogotá: Casa de Poesía Silva, 1991, pp. 447-452.

El transeúnte paso a paso Repertorio crítico de la obra de Rogelio Echavarría, Editorial Universidad de Antioquia. 2000.

Romero, A. “Rogelio Echavarría”. En: Las palabras están en situación. Bogotá: Procultura, 1985, pp. 157-162.

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