María Obdulia Fula Iriarte

Odiaba esa palabra; gorda, si gorda o gordita como los más cercanos le decían supuestamente por cariño, sin saber que le llegaban como pinchazos a cada una de las partes de su grueso cuerpo. ¿Quién iba a imaginar que sus fofas carnes, pudieran ser lastimadas por una inocente y diminutiva palabra? Desde niña había tenido la costumbre de comer desaforadamente, sin que nadie pusiera límite a su gusto por los dulces, galletas y cuanta galguería se cruzara provocativa en su camino.

Cuando se acercó a la pubertad, empezó a notar la diferencia con sus compañeras del colegio, que encima de todo eran bastante escuálidas. No faltaba el chiste casi a diario; ya no la invitaban a jugar pues se agitaba fácilmente; escalar la loma, jugar a las escondidas, y otras actividades como subir las escaleras, eran todo un complique; hasta la profesora de educación física la relegó, como encargada de llevar los registros de la clase, para evitarle la molestia de hacer las mismas piruetas de sus flexibles amigas. Fue entonces cuando comprendió que de ahí en adelante tendría que cargar además de sus kilos, con la tristeza de ser la gorda. Si la gorda de la familia, la del colegio, la de la universidad, la de la fiesta, la del barrio.

Pero como todo en esta vida tiene solución menos la muerte, en algún momento de sus pesados días, vio en una revista de farándula publicidad engañosa, donde aparecía un antes y un después de alguien que seguramente sufrió igual que ella, el despreció y la burla y con algo de sacrificio había logrado el milagro. Motivada intentó seguir un programa de dieta y ejercicio; solo lo cumplió un par de semanas, pero al verificar que no había logrado bajar ni una pizca, regresó aun con más ansias de comer, de quedarse quieta por horas y resignada a vivir por siempre con su voluminosa desdicha.

Así se le fueron los años, cada vez más y más gorda, más y más comida más y más quieta. Sus preocupaciones de verse fatal en el espejo, fueron relegadas y llegaron otras mucho más pesadas: ¿cómo desplazarse, como salir de casa? cómo vivir?  ya no cabía por la puerta del baño. No quiso volver a salir de su casa, sentir esas miradas disimuladas de burla, de lástima, de curiosidad se convirtieron en una poderosa razón para guardarse para siempre en los cada vez más angostos pasillos, para reducir su existencia a un cuarto medianamente amplio y un baño donde con algo de dificultad podía entrar varias veces al día. Intentaba ser un poquito feliz, allí en su único espacio, con una ventana por la que podía ver algo de lo que sucedía en el mundo exterior.

En una de esas tardes eternas, retornó a su sueño de adolescente, ser arquitecta o diseñadora, su obsesión por las formas perfectas tal vez había alimentado esta tendencia.  Resignada a morir próximamente, quería por lo menos hacer algo para ser recordada por sus habilidades creativas. Se le ocurrió entonces, que, con el dinero recibido como herencia de su padre, compraría un lote pegado al cementerio, y diseñaría allí su tumba. La entrada sería un arco amplio, no habría puerta; éstas siempre habían sido un gran obstáculo; en su otra vida no lo serían más. Tampoco quería que su pesado cuerpo fuera enterrado bajo tierra; ¿se imaginan la dificultad para salir de ese hueco? Entonces su tumba tendría dos muebles en cemento: una plancha alta de medidas iguales a una cama King, con una cubierta de vidrios oscuros, para que nadie pudiese ver hacia el interior, y una silla ancha pegada a la plancha, cosa que pudiera desplazarse fácilmente de la una a la otra. Por último, quería alrededor de estos dos muebles un jardín de pinos, para darle sombra a su última morada y quizá porque no, a ella misma cuando se sentara a tomar el sol.

La tumba o mejor el Mausoleo quedó listo de acuerdo con el estético diseño y medidas que la gordita había estipulado en los planos. Después de algunos años sucedió lo inevitable, la muerte se apoderó de su pesado cuerpo, y con la fe que descansaría por siempre en sus amplios aposentos, murió tranquila; no contaba con que, por una pandemia, se expidió un decreto donde todos los muertos a partir de la fecha serían cremados.

Aunque todos pensaron que ni siquiera en la otra vida, pudo ser feliz, se equivocaron, hasta ella misma, con incredulidad pudo constatar que sus cenizas podían expandirse por todo el mausoleo con toda libertad, cabían por todas las hendijas, volaban por el aire durante el día y se recogían en el minúsculo cofre en la noche y para siempre.

María Obdulia Fula Iriarte (Bogotá, 1959). Ingeniera de Sistemas. Pedagoga en Metodología de Procesos de Aprendizaje Autónomo.  Amante de los libros y las letras.  Busca trasmitir a través de sus escritos las dichas, las angustias, los temores de quienes tienen la fortuna de vivir en este planeta lleno de diversidad y de colores. Se declara una aprendiz de contar historias.

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