Marcela Atehortúa Flórez

Mano gancho

La mano capaz de urdir el mimbre, acariciar el barro, forjar el hierro, darle forma a un calzado, tensar las riendas, desenredar un cabello salvaje, armar y desarmar un motor, construir una casa, regalar una caricia, capaz de sanar, de preparar ricas viandas, la mano capaz de bendecir y de maldecir, de embellecer, de hacer sombras chinescas, de hablar el lenguaje de las señas, la mano, capaz de escribir letra cursiva, de tejer, de bordar, del cuidado de las plantas y las mascotas, de la educación de los hijos, de aplicar masajes, de escribir y de dibujar, de sentir la tierra.


La mano tantas cosas que nos permite, se abren tantas posibilidades para nosotros en el mundo, ella nos permite agarrar, aferrarnos a la vida, despedirnos, dar la bienvenida. Con los pies damos los primeros pasos, los pies nos llevan al final del camino, ellos nos llevan al encuentro y a la despedida; nos llevan a las metas y al infierno, con ellos danzamos con la música y con el balón. Los pies nos llevan a dejar huella.


Soy la hija de “mano de gancho”. De niña me molestaba cuando a mi papito, un señor del barrio le decía “mano de gancho”. Me disgustaba que a mi padre le dijeran así. Me consta que su manito “mala” servía para abrazar y con la “buena” aprendió a escribir.

Mano de gancho era mi papá. Cuando nació, salió con una deformidad en su mano derecha y con los pies chapines. Pero les sacó partido a sus pies. Cuando corría tras el balón, se le veían los pies gorobetos. Sus pies fueron modelados a “la brava” con un calzado especial cuando era muy niño. A él le encantaba el fútbol, jugarlo e irlo a ver al estadio Atanasio Girardot. Su ídolo era “Garrincha”. Cuando iba al estadio se hacía acompañar de mi mamá. Y cuando jugaba en “el tierrero”, arriba del barrio Córdoba y abajo del hospital Pablo Tobón Uribe, yo era su acompañante.

Me encantaba ir al “tierrero”, porque comía toda clase de chucherías y bolis. Y porque también exploraba las mangas, encontrándome toda clase de insectos, lombrices y ranitas en las partes más húmedas, escarabajos, mariquitas y rastros de roedores en la tierra.

Corrían los años ochenta. Los domingos, mientras mi papá jugaba, yo exploraba. Cuando él descansaba, me buscaba para mimarme y para comprarme golosinas. Yo me paraba en lo alto del morro y los veía a todos corriendo tras el balón y mi papá con su manita cansada, corría.

Luego cuando terminaban de correr mucho rato, todos sus amigos y él, se sentaban a charlar animosamente, a tomar frescos y cervezas. En ese momento mi papá me llevaba a la casa. Yo traía cuanto animalito se dejaba atrapar.

A los 7 años, veía a mi papá como un corsario, con una mano de garfio, como en el Peter Pan de mis cuentos de niña. Y cuando corría por aquella inmensa masa de tierra amarilla y cielo azul despejado e insufrible, desde lo alto lo veía navegando, en el ancho mar con sus otros compañeros piratas, que llevaban apodos, dignos de bucaneros como “mazamorro”, “catapila”, “tocino”, “Jairo papas”, “el enano”, “orejas” y “el lechero”.

Me vine a dar cuenta, muy posterior a la muerte de mi padre, que jugaba con el número 7 y como puntero derecho, haciendo el honor a Manuel Francisco Dos Santos, mejor conocido en el mundo futbolero como “Garrincha”. Lo admiraba mucho y lo quería imitar, tenía sus pies torcidos, solo le faltaba el talento.

Marcela Atehortúa Flórez (Medellín, Colombia). Socióloga y magíster en educación y derechos humanos de la Universidad Autónoma Latinoamericana. Trabajó diez años como docente de colegios públicos. Le agrada mucho escribir, es una condición constante en su día a día. Inventa cuentos y poesías. La escritura le da sentido a su vida.

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