Marcela Atehortúa Flórez

LAS PLAYAS

Un sábado de San Alejo en el parque de Bolívar, conocí a don Armando y a su compañera Margarita. Ambos eran artesanos. Ella trabajaba la tela cruda, haciendo bonitos vestidos y creaciones genuinas. Mientras él se dedicaba a la joyería y a los metales nobles. La pareja vivía en una casa campesina en el corregimiento de San Cristóbal, en el sector Las Playas, arriba de la ladrillera.
Era una época feliz y tranquila en esa parte de Medellín. Aún no habían construido el Túnel de Occidente. Se respiraba naturaleza y armonía. Don Armando me compartió su idea de formar un equipo de microfútbol de mujeres y armar un torneo en Las Playas. Me extendió la invitación para hacer parte del equipo y el sería el director técnico.
Jugaría cuidando la portería del equipo “El Cebollal”. Entrenábamos en la cancha de Las Playas, junto a la quebrada de su mismo nombre. Era hermoso hacer ejercicios mientras veías bajar con toda su fuerza el río entre las piedras.
También nuestro director técnico, el artesano don Armando, nos hacia bajar hasta la ladrillera trotando y luego a subir con la lengua afuera.
Disfrutaba de los entrenamientos. Claro que yo vivía en el barrio Córdoba y me tocaba ir caminando desde mi casa hasta doña María, en Robledo, para allí tomar el bus que me subía hasta San Cristóbal.
Cuando se dio inicio al torneo, había varios equipos jugando, disputándose los premios que la comunidad donó para las chicas jugadoras.
Al “Cebollal” le tocó disputar el primer puesto con “Las monas”. Esa tarde cayó un aguacero impresionante. La cancha era un lodazal. Yo me enlizaba tapando los tiros que me hacían. Caía torpemente, deslizándome por la cancha. Tapaba con mi cabello suelto y al final nos ganaron “Las monas” y yo termine embarrada por completo el cuerpo. Nos quedamos con el segundo puesto.
Termine con un esguince de segundo grado, después que dos de “las monas” se pusieran de acuerdo y me hicieran un sanduche en el pie y se torciera.

Mano gancho

La mano capaz de urdir el mimbre, acariciar el barro, forjar el hierro, darle forma a un calzado, tensar las riendas, desenredar un cabello salvaje, armar y desarmar un motor, construir una casa, regalar una caricia, capaz de sanar, de preparar ricas viandas, la mano capaz de bendecir y de maldecir, de embellecer, de hacer sombras chinescas, de hablar el lenguaje de las señas, la mano, capaz de escribir letra cursiva, de tejer, de bordar, del cuidado de las plantas y las mascotas, de la educación de los hijos, de aplicar masajes, de escribir y de dibujar, de sentir la tierra.


La mano tantas cosas que nos permite, se abren tantas posibilidades para nosotros en el mundo, ella nos permite agarrar, aferrarnos a la vida, despedirnos, dar la bienvenida. Con los pies damos los primeros pasos, los pies nos llevan al final del camino, ellos nos llevan al encuentro y a la despedida; nos llevan a las metas y al infierno, con ellos danzamos con la música y con el balón. Los pies nos llevan a dejar huella.


Soy la hija de “mano de gancho”. De niña me molestaba cuando a mi papito, un señor del barrio le decía “mano de gancho”. Me disgustaba que a mi padre le dijeran así. Me consta que su manito “mala” servía para abrazar y con la “buena” aprendió a escribir.

Mano de gancho era mi papá. Cuando nació, salió con una deformidad en su mano derecha y con los pies chapines. Pero les sacó partido a sus pies. Cuando corría tras el balón, se le veían los pies gorobetos. Sus pies fueron modelados a “la brava” con un calzado especial cuando era muy niño. A él le encantaba el fútbol, jugarlo e irlo a ver al estadio Atanasio Girardot. Su ídolo era “Garrincha”. Cuando iba al estadio se hacía acompañar de mi mamá. Y cuando jugaba en “el tierrero”, arriba del barrio Córdoba y abajo del hospital Pablo Tobón Uribe, yo era su acompañante.

Me encantaba ir al “tierrero”, porque comía toda clase de chucherías y bolis. Y porque también exploraba las mangas, encontrándome toda clase de insectos, lombrices y ranitas en las partes más húmedas, escarabajos, mariquitas y rastros de roedores en la tierra.

Corrían los años ochenta. Los domingos, mientras mi papá jugaba, yo exploraba. Cuando él descansaba, me buscaba para mimarme y para comprarme golosinas. Yo me paraba en lo alto del morro y los veía a todos corriendo tras el balón y mi papá con su manita cansada, corría.

Luego cuando terminaban de correr mucho rato, todos sus amigos y él, se sentaban a charlar animosamente, a tomar frescos y cervezas. En ese momento mi papá me llevaba a la casa. Yo traía cuanto animalito se dejaba atrapar.

A los 7 años, veía a mi papá como un corsario, con una mano de garfio, como en el Peter Pan de mis cuentos de niña. Y cuando corría por aquella inmensa masa de tierra amarilla y cielo azul despejado e insufrible, desde lo alto lo veía navegando, en el ancho mar con sus otros compañeros piratas, que llevaban apodos, dignos de bucaneros como “mazamorro”, “catapila”, “tocino”, “Jairo papas”, “el enano”, “orejas” y “el lechero”.

Me vine a dar cuenta, muy posterior a la muerte de mi padre, que jugaba con el número 7 y como puntero derecho, haciendo el honor a Manuel Francisco Dos Santos, mejor conocido en el mundo futbolero como “Garrincha”. Lo admiraba mucho y lo quería imitar, tenía sus pies torcidos, solo le faltaba el talento.

Marcela Atehortúa Flórez (Medellín, Colombia). Socióloga y magíster en educación y derechos humanos de la Universidad Autónoma Latinoamericana. Trabajó diez años como docente de colegios públicos. Le agrada mucho escribir, es una condición constante en su día a día. Inventa cuentos y poesías. La escritura le da sentido a su vida.

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