Luciano Acleman

Sanación

Oh, Señor, Dios mío,
a ti clamé auxilio y me sanaste”
Salmos 30: 3
†A Lila, mi hermana mamá

En el Principio gobernó el materialismo
& todo era consumismo & depredación
despotismo & dogmatismo

Luego devinieron las secuelas
dícese que quedarse en casa era incuestionable
a tomarlo con sensatez o desatino
otros a aburrirse hasta el hastío

Algunos meditaron
otros rezaron e invocaron
bailaron & se ejercitaron
otros se encontraron con su tenebrosidad
con la incertidumbre, el desasosiego
miedo, angustia
& desesperanza

Luego llegó la justificación & negación
la minimización & racionalización
migraron de la hecatombe al shock
de la pérdida al vacío,
renunciaron a sueños & planes

Más luego la rabia
a señalarse con encono
se retiraron y bajaron los brazos
marchitaron sus miradas
& en la penumbra más fosca
se despidieron
su sol interior se encogió
& todo se detuvo

No quedo lugar sino a la amarga aceptación
a sucumbir de alguna manera
a buscar entre libros & viejos hábitos postergados
a escuchar & aprender del silencio
a descansar & jugar

Pero también muchos de ellos & otros hallaron la fe,
la esperanza & amor
se transformaron en sacrificio & devoción
pidieron por sus hermanos & por el mundo
perdonaron & fueron prudentes

& cómo en el Principio fuera
florecieron como el Fénix
se reinventaron
& germinó nuevamente el pan, la luz & el calor
surgió una nueva fuerza interior plena de sol
henchida de alegría
con originales ideas
con auténticos propósitos
& volvieron a soñar
& se reencontraron con los ideales

Lima, 21.04.2020.

Longanimidad

El ritmo enardecido cesó
se quebró el establishment
jugar a ser dioses fue tiempo perdido
la Tierra tuvo una oportunidad
las aves volvieron a trinar
los animales a recuperarse en bosques, prados & reservas
los manzanos crecieron robustos
los Apus se tomaron una tregua
respiraron con tranquilidad
… ellos aprendieron a ser responsables
a asumir las consecuencias
para con el todo

Llegamos al extremo del dolor global
arruinar & depredar lo que nos fue legado
un nuevo Armagedón se dice
estábamos tan egoístamente ocupados
despreciando al semejante
& solo por artificiales necesidades
… vanos delirios sin motivo
impulso & detenerse
a escuchar el corazón de la Tierra
a ver la sonrisa de la vegetación
& como respira la mar
& los ríos tronar jubilosos
pleno de longanimidad voy.

La diestra del zurdo

“Yo sé que estabas en la carne un día
cuando yo hilaba aún mi embrión de vida…”
César Vallejo
“De la Tierra”

Lo sabía de antemano y ahora meditaba sobre esos hechos. Arrebujado en la cama y habiendo lanzado la almohada muy lejos, sólo necesitaba silencio para dilatar sus pensamientos. Su cama era un revoltijo de sábanas y colchas. Pensar lo pensado lo llevó a quedarse profundamente dormido, en soledad como casi siempre. Entre pesadillas puede vislumbrar la silueta recurrente y siempre escurridiza de aquella mujer que intenta fijarla a la memoria, pero es imposible, vuelve a despertar con un rictus de impotencia. Se levanta de mala gana y se ducha para apaciguar sus ímpetus. Se cambia meticulosamente, previendo que todas sus indumentarias coinciden, se alisa el cabello con gel y un buen peinado hacia atrás que termina en una coleta. Antes de salir, realiza su hábito matutino de inspeccionar a través del balcón de su departamento si hay alguna novedad. Aprecia el discurrir de los primeros samaritanos y duda en sumirse al rebaño.

Es domingo de Pascua y en la última hilera de la Iglesia, Camilo acurruca el libro que su abuelo le obsequió por su cumpleaños. Con el cuidado del caso, desliza cada cierto tiempo las suaves hojas para evitar la represión de las cucufatas. Siempre con la cara limpia, despejada y buena, el cura efectúa la misa con un pésimo español ibérico. Cómo siempre sale antes del tumulto y se dirige al parque que queda enfrente. En medio la pileta colonial que luego fuera retirada por la alcaldesa Villaharagán y la dispusiera para su casa de campo. Esta pileta dónde siempre dejó libre su fantasía y dónde sumergía sus manos imaginándose recoger estrellas y caballitos de mar, siempre ante la clarividente y celeste mirada de Teresa.

Teresa espera su turno para jugar “Mundo” y Camilo deja los caballitos de mar y las estrellas a un lado para deleitarse en contemplar a su amor platónico y cómo sonríe, canta, salta y mueve sus manos y cómo trepa un árbol y cómo cae y llora.

Nadie sabrá que tu pecho juntito al mío ha latido
Que disfrutamos instantes de fascinante dulzura
Nunca diré que hubo noches que te ame con locura
Nadie sabrá que, en tus brazos, borracho de amor
Me quedé dormido

El Santa Teresita del Niño Jesús, es un colegio carmelita donde sus estudiantes adquieren la estampa de la moralidad, buenas costumbres, la pasión por el conocimiento y el amor por toda forma de vida, pero sobre todo por lo divino. Camilo no fue la excepción, más aún por su introversión, descoordinación y ambidiestro. Ser zurdo y no siniestro, fue un problema para su padre y gracias a un operativo conductual agresivo, lo volvió totalmente diestro. En ese proceso, Camilo asía el cubierto como una pala y el lápiz como un puñal.

Habían asesinado su zurdera, generándole dispraxia y serios problemas de orientación espacial. Para no desentonar con sus hábiles coetáneos de barrio, tuvo que sumergirse en juegos solitarios, hablar estrictamente lo necesario y refugiarse en los libros. Y permanecía en silencio pese a las mofas, insultos, golpes y mohines de sus compañeros de aula, salvo Teresa y sus eternos cabellos de trigo lacio.

Camilo era muy novel para entender su primer amor platónico. Cuando Teresa le invitó a su onceavo cumpleaños, supo qué hacer y ante la incertidumbre, permaneció sentado toda la noche en su cama, mientras ella se divertía bailando y jugando con otros niños, degustaba la deliciosa chicha morada y la torta de chocolate.

Tiempo después Teresa comenzó a desarrollarse como sólo lo hacen las venusianas. Camilo para no desentonar, recibió de buen gusto las primeras revistas Playboy de sus compañeros y por añadidura sus primeras experiencias onanistas y siempre pensando en Teresa.

A los 13 años se volvió bibliófilo gracias a su abuelo que en realidad era como el padre que nunca tuvo. Convertirse en lectomano tenía sus privilegios. El efecto mayor: ya no se peleaba con nadie. Tal parece que su abuelo sabía mucho más de lo que aparentaba y le dio la mayor bendición y lo sacó de las fauces de la ignorancia. Enriqueció su mismidad hasta dejarse llevar por la tranquila, estremecedora y jocosa adicción llamada Literatura. A los 13 años llegó Henry Melville a sus manos, luego sería la Odisea y la Ilíada. Los amigos puberiles fueron lo de menos en comparación a la fascinación de las historias. Se deprimía porque sus amigos no pasaban de la sección deportiva de cualquier periódico y no tenía con quien discutir sobre Aquiles, la estremecedora ballena blanca, las lágrimas de los héroes griegos, la vida y muerte de diversos personajes que transitaban por sus ojos.

Cómo poder compartir la ciega pasión creativa de Homero, la profundidad del Yo de Rilke, las aventuras fantásticas e inverosímiles de Verne, el estrujar del corazón en Amicis, la pasión conservadora de Dickens, las correrías románticas y caballerescas de Dumas y las leyendas y romances de Walter Scott, los viajes por lugares inexplorados y en parajes inhóspitos de Salgari, los versos de Adán, Martí, Neruda, Moro, Vallejo y la inmortalidad de Borges.

A los 15 años ya era un viejo, encantaba a las chicas comentando las hazañas de los personajes e historias leídas. Fue ganándose la admiración y suspiros de ellas y el rencor de ellos. Algunos se aburrían y se alejaban, pero nunca Teresa. No por ese motivo, salvo al ver alguna cara bonita, aunque tuviera aserrín en la cabeza. Con el transcurrir del tiempo se ganó el respeto de ellos, en vista que escribía poemas para sus enamoradas. Por su agudo desarrollo literario, también los salvó de los exámenes de lengua y literatura. La cabeza hueca de Carlos había encandilado a Teresa y a pedido de ella, lo hizo aprobar varias materias y pudo pasar de año escolar.

Carlos siempre fue un caso emblemático de insensibilidad, brutalidad y belleza física. No le gastaba bromas porque instantáneamente respondían sus puños. En aquel verano a los 16 años, Camilo quedó impactado por los azotes en la costa norte por el fenómeno del niño, mientras los demás estaban sumidos en la efervescencia del campeonato de fulbito, pese a perder por goleada, nada les quitó el entusiasmo hasta el siguiente partido.

Llegó fin de año de 1998 y hacía mucho que había dejado de ver a Teresa. Ya había perdido el interés, todo su entusiasmo estaba dirigido a los libros. Ya empezaba a esbozar sus primeros cuentos y poemas. En el verano de 1999 llegó una invitación a una reunión de reencuentro en el Colegio Carmelita Santa Teresita del Niño Jesús. Ya en ese tiempo se había graduado de anacoreta e iconoclasta y llegado el día del evento, se quedó observando la imagen y autorrelieves de la tarjeta de invitación.

Pasaron unos 10 años más, le llegó vía mail que encontró en su buzón oculto y en el asunto decía “Teresa”. Ella le invitaba a un especial reencuentro. Apenas recordaba su rostro adolescente. Recién allí estuvo a primera hora en el patio central del colegio, testigo de sus múltiples caídas (recuerden que era dispráxico), gracias a los cabes de Carlos. Llegaron casi todos sus compañeros de infancia, Teresa nunca.

No todo era lúgubre, no había dudas que resolver tras el balcón. Entre esos primeros samaritanos aparecía la silueta de su sueño recurrente, los repetitivos cabellos de trigo lacio y fiero ulular de cintura. Era Teresa. Sale disparado como una bala al encuentro de su único amor verdadero y logra alcanzarla en la puerta del edificio donde vivía. Casi se funden en un eterno abrazo, como si el tiempo se hubiera detenido en ese instante.

Teresa confiesa estar perdidamente enamorada.

Pasó una semana y ahora como siempre, en la última hilera escuchaba el sermón en pésimo español del padre carmelita. Cómo siempre tenía un libro para no aburrirse con el discurso. Pero esta vez no leía ¿Cómo podía leer en esta ocasión? Era imposible. Sólo se quedó viendo cómo nunca se hubiera imaginado el casamiento de su querida Teresa con la cabeza hueca de Carlos.

Octubre 02 de 2009.

Para Ana Enriqueta Terán

Gime mi paisaje acompasado

No soy llanura sólo soy un jumento

mi verdor crece en su juramento

mi pecho vierto soy examinado.

Pespuntes plateados del aliento

calvero recurro lamiendo tu nombre

tu nombre anida en curtiembre

orfandad desde mi piel de lagarto.

Ana, poeta del plumaje de otoño

ave sagrada quimera amada

nube rocalla peladero adrizado retoño.

Eres actinia lamida desolación

eres mi mujer cefeida adorada

un mangle con la cimófana canción.

Nacer y pervivir…

Para Rosario Castellanos

I

Un desgarro & no por orgullo

sino por corrompida mirada que devora

la ley también se corrompe & envilece

¿o está en otro canto o en un rellano?

Es momento de morir sin comprendernos

sin comprometernos

sin recriminarnos en un sudario

¿Qué haces al dormir, Rosario?

¿Quién vela tus gruñidos?

¿Quién te aparta la tina donde nos humedecíamos?

me estrellas una & otra vez contra el muro

hasta volverme príncipe o andrajo

En este lugar la algazara es horrísona

& eres decidida, osada, temeraria

¿dejarás otra vez tus cutículas, uñas y dientes en el zarandeo?

ni los retorcijones en el pecho te detienen

ya nada te es imposible

bramas con cada cuajo de mi simiente

& nada te detiene persistes

¿Por qué sigues afluyendo e insuflando?

¿Rosario amas lo que exterminas?

claro hasta la médula

& sigues entregándote ante el espejo

hasta que el cielo empiece a trepidar.

II

Rosario no te aflijas

es hierba húmeda tu beso

es tu cuerpo colibrí el que se aloca

sales de ese cuerpo de esa tumba

limpias cada una de las hendiduras

destierras el exceso de soledad

& solo conservo de mí tu permanencia

¿tu oreja rebelde sigue en latín?

Recorrías los valles & también los desaguaderos

te desparramabas en amor

¿se sigue desangrando tu valentía & colmillos del tigresa cierva?

& a cuentagotas como Rosario

colmas el silencio & lo quiebras a tu antojo

& electrocutas la belleza

alargas tu miel en cada herida

reptando & dormitando con la manzana primigenia a cuestas

hormigueas

cosquilleas

Al final la horda te despide o te engulle

como quieras pero con festín & jolgorio.

De bantú & pregón candombe

A Iris Virginia Brindis de Salas

Quiero ver el mundo con tus ojos

& que me ayudes a quitarme las vendas

quiero tronchar como tú los colores

ser tu negro crucificado y sin-vergüenza

. . . . . . .

. . . . . . .

Busco y rebusco tu luz escarlata

entre las perlas & bajo cada piedra en la Tierra

me lame tu revolución trashumante

& le da un revolcón a mis latidos

. . . Virginia auxíliame en quitar más vendas & barbijos

Para mullir tu nombre, quiero ser tu algodonero

desde Songoro, Cosongo hasta Montevideo

con Yambó Cumbá & Macúmba

Tú, de esa mar & yo río de la Argentum

tú, mi piedra negra sobre piedra blanca

quedamos ebrios de sal

tú mi negra & yo tu amerindio

liberados al fin de tanto presidio

Tú, basalto ígneo que desciendes de Adam y Hawa

de ese Paraíso perdido como diría John Milton

un camarada cubano

un hincha porteño

un adepto español

un compañero uruguayo

un amigo latinoamericano

& yo, tu amante pregón

mi Hyoscyamus niger

mi alimento mi vida

mi pan & vino que bendices

de la esclavitud del negro & el campesino

& mi luz escarlata toca tu lirio de San Antonio

enough, is enough.

(Cuento)

“…Te guardo una mirada risueña

que nada pretende,

te guardo en un bolsillo el calor de mi piel

por si vinieses”.

Manolo García (Una tarde de sol)

De todas las ciudades que he visitado – y son muchas – no me cabe la menor duda, que Lima me deja los mayores, mejores y peores recuerdos. Sobre todo si rememoro los amores que conservé en mi corazón y aquellos otros que se esfumaron y no todas por decisión propia.

Lima es la metrópoli de los contrastes, de luces y obscuridades, de recintos justos para el culto de los cultos y antros para los incultos. Así de polarizada resultó siempre para mí. Muchas personas que me conocen tienen una sana envidia (eso espero sobre todo de mis amigos y amigas) de haber vivido por temporadas en varias partes de Lima. He vivido en los lugares más exclusivos como también en arenales en los extramuros de esta Lima insensata e insensible. Lima es la ciudad de los contrastes.

El mayor de los contrastes lo sostuve con Alessandra. Podíamos almorzar un sábado cualquiera en Larcomar y al siguiente sábado podíamos estar haciendo un improvisado camping en el Parque Salazar con viandas compradas en algún supermercado cercano. Pero siempre tuvimos la mejor vista a la mar, siempre el mejor sunset, el mejor amanecer miraflorino en su depa en que justamente el ventanal nos obsequiaba el amanecer de la inacabable Costa Verde y siempre la mejor sonrisa y la opinión acertada de esta jovencita. Obviamente que, sin ella, ya Larcomar, el Parque Salazar, el supermercado cercano los percibía sombríos, con mucha humedad, neblina, mucha gripe, con mucha enfermedad y ausencia.

Para comprender este amor tórrido y torcido, debemos remontarnos a aquella Alessandra con sus 17 años y yo duplicando su edad. Nos conocimos gracias a su madre en una actividad escolar de ella, a la cual fui invitado por una vieja amistad. La madre de Alessandra era la más entusiasmada en conocer a este novel escritor de 33 años – como Cristo me esperaba un calvario por recorrer –. En realidad, la madre de Alessandra me tenía ganas y yo todavía estaba soltero y sin compromiso. Rehusé los brindis con ella en esa reunión y en otras a la cual me invitó. Era guapa y alegre, muy alegre, pero no era mi tipo. Estaba totalmente convencido que mi tipo era su hija.

Al darse cuenta la madre de las salidas que Alessandra y yo sosteníamos y que todo fluía naturalmente, la hace viajar a Buenos Aires donde vivía el padre biológico. Por una parte, ella estaba deseosa de conocer y convivir al fin con su padre y por otra parte sacarse de encima esa atracción casi incestuosa hacia mí. Por mi parte también percibí una atracción fatal a la cual no podía oponer resistencia (en realidad no puse ninguna resistencia, más bien me entregué a este amor, quería explorar esos terrenos inhóspitos y prohibidos por la pacata cucufatería limeña).

Con mayoría de edad y DNI adulto en mano volvió a Lima. Debo confesar que mantuvimos correspondencia virtual por casi un semestre que duró su estadía bonaerense. Esta femme fatale enamorada volvía para concretar sus fechorías en el verano de 2005. A pesar que ya no usaba el uniforme del colegio, la veía como una colegiala. Siempre adolescente. Ya no hubo más mamá que se opusiera, ya no más citas a hurtadillas o clandestinas ¿Qué dirá mi papá? ¿Qué dirá tu mamá? Contra todo nos reencontramos y vivimos un amor desmesurado, tórrido, torcido, ecuestre, lacustre, volátil.

Con Alessandra tenía que aplicarme mucho en todas las Artes, Letras y Ciencias, en especial de la Antropología, para comprender su enrevesada alma. Alessandra siempre me dijo que yo era el gran amor de su vida. Sus amigos y amigas me decían que fui el tonto útil para sus privaciones de figura paterna.

¿Será un fetiche psicoanalítico los celos de una adolescente sin sentido de que era un padre? ¿Es por eso los celos? ¿Las inseguridades? ¿El sentirse acosada porque alguien se acercara con una sonrisa? ¿Acaso debía ser exclusivo para ella? La Antropología no servía, tampoco el psicoterapeuta que visitaba cada quince días, ni el cura carmelita al que iba a pedir consejo una vez al menos, menos las inconmensurables tertulias que sostenía con mi amiga italiana que una vez la encontré saliendo de un hotel y yo ingresando junto con Alessandra y que desatara todas las turbulencias de la caja de pandora entre nuestras amistades conjuntas.

No podía huir. En todas las ciudades que he visitado ocurría un sunset, siempre hubo parejas a las que vi paseando y acariñándose y me hicieron recordarla, siempre hubo “un mejor restaurant de la ciudad” al cual visitar, siempre hubo la habitación con la mejor vista de la ciudad y siempre hubo el comentario inteligente de una jovencita. Todo ello era Alessandra.

A pesar de la distancia, quiero que mis pasos sean tus pasos, que mis calles sean las tuyas, que mis veranos sean los tuyos, que los interminables vinos borgoñas sigan llenando nuestros fines de semana, que todas las ciudades que visité sean también para ti, a pesar que no soy tuyo, a pesar que no eres mía.

Pasaron diez años y a finales del 2015 y yo sobreviviente de esta Lima la horrible, volví al otrora Parque Salazar, ahora mutilado y erigiéndose el elefante materialista de Larcomar y al lado habían instalado la Feria del Libro de Miraflores. Me tocó presentar a un novel escritor, pero nada novel en edad. Ex militar, en su obra un tanto en serio y otro tanto ficcionado denuncia las atrocidades del narcoterrorismo en Perú.

Al terminar la presentación del libro, al despedirme del autor y de su adolescente hija, una nostalgia se apoderó de mi alma. Salí del auditorio y al costado justamente estaba el lugar exacto de este parque en que acostumbraba a pasar los sunset de verano con Alessandra. Pero ahora habían instalado las letrinas para los visitantes de la Feria. A eso se resumió ese amor juvenil, literalmente a un amor de letrina. Aún te busco femme fatale.

Lima, 07 de diciembre del 2015.

Luciano Acleman (Lima-Perú, 1971). Escritor. Licenciado en Psicología, egresado en Educación y estudios incompletos de Literatura. Asimismo, posee nueve postgrados internacionales y una maestría. Viene publicando desde el 2000 hasta la actualidad. Producción literaria suya ha sido premiada, publicada y reseñada en su país y en varios países de Iberoamérica, Europa y Asia. Realiza actividades de promoción cultural, en especial en el ámbito literario y pertenece al grupo literario Claroscuro. Participante del ciclo de Poesía Life 2.0 Raíces del umbral americano: hacia un revisionismo poético y Poéticas de la otredad (Colombia, 2021).

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