Karla

Karla Hernández Jiménez

MOTEL VERDE


El ingenio azucarero seguía trabajando sin descanso aquella calurosa tarde de agosto. Le habían encomendado a los empleados producir un poco más de una tonelada de azúcar para el mercado internacional. Los empleados ya estaban cansados al final de la jornada.
Entre tantas tareas que aún faltaban por completar, ella lo supo. Aquel había sido el día escogido para que ella…
Cuando la noche cayó, Remedios se acercó aquel rincón oscuro en medio del campo de trabajo,. El licenciado le había dado instrucciones precisas. Nadie debía de saber a dónde se dirigían.
El cañal se extendía hasta donde alcanzaba la vista, con sus varas moviéndose al compas del viento, dejando pasar entre ellas una ligera brisa de olor agradable y ligeramente dulce que parecía envolver el ambiente hasta darle un toque de ensoñación.
El coche ya estaba por llegar al lugar, los kilómetros se reducían a gran velocidad. El vaporoso vestido de Remedios ondeo mientras se bajaba de su asiento. El licenciado F. le susurró en el oído que se quitara lo más pronto posible aquella prenda que estorbaba a sus propósitos.
Aquel hombre siempre se había caracterizado por ser muy quisquilloso con todo, pero especialmente con puntos como ese nunca dejaba pasar nada por alto. Bien lo sabía Remedios, que se había convertido en su secretaria y amante.
Ella no tardó mucho en obedecer ante lo que se le pedía, se desnudó ahí, en medio del cañal y el aire fresco de la noche que se coló por cada uno de sus poros mientras los ojos del licenciado no se separaban de su cuerpo.
Remedios sabía que el licenciado ya estaba casado y tenía varios hijos que lo esperaban en la capital del estado, pero no podía hacer otra cosa que sucumbir ante los deseos de ese hombre.
Y ahora estaban ahí, en aquella zona infame que los ingenieros y el resto de los trabajadores del ingenio azucarero habían bautizado como el “motel verde” debido a las múltiples veces que muchos de ellos habían terminado ahí con sus respectivas amantes haciendo lo mismo que Remedios y el licenciado se disponían a hacer.
Ella se dejó arrastrar hasta aquella parte del cañal en la que únicamente los más experimentados sabían cómo salir, asegurando que ninguno de los dos podría salir sin ayuda del otro.
Se tendió en el suelo, esperando por él.
De alguna forma, ella actuaba más cariñosa de lo usual, prodigando toda clase de mimos al hombre que tenía entre sus brazos y entre sus piernas.
El licenciado sacó un gemido ahogado cuando el placer fue insoportable y cayó agotado encima del cuerpo de Remedios. Cuando él alzó la vista, dispuesto a darle un par de besos a su amante, en el lugar de la mujer había una preciosa ave que salió volando de en medio del motel verde.
El licenciado F. estaba estupefacto ante lo que acababa de pasar, y aquella noche apenas pudo dormir pensando en lo que había sucedido.
Al día siguiente, preguntó por Remedios en cada uno de los departamentos del ingenio, pero nadie supo decirle nada acerca del paradero de aquella mujer, era como si nunca hubiera existido.
Cuando estaba a punto de darse por vencido, una de las cocineras le comentó, con el rostro pálido de terror, que Remedios llevaba varios meses muerta, que la habían asesinado de una forma bastante violenta y que su cuerpo había sido encontrado muy cerca del “motel verde”.
–Por eso ya casi nadie va por esos rumbos, ¡cuídese licenciado!
Lamentablemente, aquel consejo había llegado demasiado tarde a oídos del licenciado.

Andrómeda llevaba varias semanas dándole vueltas a aquella idea en su cabeza, simplemente no podía evitar ese pensamiento.

Durante varios meses le habían repetido hasta el cansancio que en aquel reducido espacio de la ciudad se hallaban a salvo de la amenaza del virus, que el aquel espacio era prácticamente impenetrable para cualquier clase de amenaza biológica.

Todo mundo estaba dispuesto a hacer lo que fuera por permanecer en ese búnker construido entre la frontera de México y Estados Unidos.

El virus se había convertido rápidamente en una de las peores crisis sanitarias que se hubieran presentado en el planeta en cientos de años. Había matado a más de cuatrocientos mil personas en un solo día, consiguiendo elevar los números con cada instante que pasaba. Hasta la fecha, había dejado a treinta y cinco mil individuos en un estado de locura irremediable, volviéndolos irascibles.

Después de muchas horas enfrascados en un acalorado debate, los líderes mundiales llegaron a la conclusión de que, estableciendo un refugio, un punto cero en el cual reunir a los supervivientes, la humanidad estaría a salvo de sucumbir ante la infección.

En su momento, Andrómeda y sus padres también creyeron que sería una buena idea alcanzar el refugio que les ofrecía el gobierno. Después de ponerse unos trajes dignos del bombardero atómico, emprendieron el viaje con el resto de sus vecinos, atravesando el desierto bajo la mirada atenta de los miembros de protección civil.

Unos días antes de conseguir llegar al refugio, ella se quedó sola luego de que las autoridades abandonaran a sus padres en mitad del camino, argumentando que ya presentaban los primeros síntomas de la enfermedad, que no podían arriesgar al resto de los ciudadanos que habían decidido establecerse en el punto cero.

Andrómeda no tuvo tiempo de llorar su pérdida. En pocas horas, el grupo donde se encontraba al refugio.

Cuando observó por primera vez aquella amplia construcción de acero que se expandía entre la arena del desierto, hundiéndose tranquilamente en el perímetro establecido, ella no pudo experimentar el alivio que parecían sentir los demás de encerrarse voluntariamente en el búnker. Cuando hicieron su registro en la base de datos del campamento, su rostro mostraba un semblante de profundo desamparo, como si la desilusión hubiera decidido permanecer a su lado durante su estancia.

Cada día parecía ser siempre el mismo, la misma gente lamentándose de aquellos que había perdido, los mismos que exigían mejores condiciones que las de todos los demás, los mismos que de todas formas terminaban muriendo debido al encierro extremo bajo el que vivían.

Andrómeda estaba cansada de todo eso, se sentía agobiada ante la perspectiva de repetir la misma rutina que la mantenía presa en aquel lugar desde el momento en que llegó.

¿Qué clase de vida era aquella? ¿Realmente valía la pena subsistir bajo aquellas condiciones solamente para no contagiarse?

Ella creía que el precio por conservar su cordura era demasiado alto.

El día en que Andrómeda cumplió quince años, su único deseo era dejar de resistirse, dejar de creer en las mentiras optimistas que los líderes mandaban por los altavoces para preservar la cordura entre los supervivientes de la feroz pandemia.

Ya no estaba dispuesta a seguir pagando.

Aquel año, estaba decidida a tocar la frontera que se hallaba muy lejos de todo aquello que la humanidad se preocupaba por preservar a cualquier costo.

Un día, simplemente decidió que había llegado el momento de caminar más allá de las rejas y los puntos de seguridad establecidos para evitar los contagios.

Caminó sin descanso hasta llegar al enrejado. Se arrastró debajo de aquella estructura y caminó pacíficamente en la dirección por la que salía el sol.

Todos los que la vieron alejarse hacia el horizonte de aquella pálida mañana de septiembre pensaron que aquella jovencita estaba contaminada, que de alguna forma había caído víctima de la locura y ahora daba rienda suelta a los impulsos que le dictaba su nublada razón, encaminándose hacia un lugar que ninguno de ellos estaba dispuesto a soportar.

Para ellos, esa parecía ser la única explicación para un comportamiento tan errático.

Andrómeda alcanzó llegar a las dunas antes de que los guardias amenazaran con pegarle un tiro en la cabeza.

Una vez que alcanzó el punto más alto de un acantilado, no lo dudó. Dio el salto permanente con la frontera hacia la locura, aquella frontera tan temida por la humanidad.

Por primera vez desde el inicio del viaje en el que había perdido todo, Andrómeda experimentó un sentimiento parecido a la esperanza.

Desde ese momento, ella había encontrado un nuevo hogar.

Karla Hernández Jiménez (Veracruz, México, 1991). Licenciada en Lingüística y Literatura Hispánica. Lectora por pasión y narradora por convicción, ha publicado un par de relatos en páginas nacionales e internacionales y fanzines, pero siempre con el deseo de dar a conocer más de su narrativa.

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