Jorge Armando Ibarra Ricalde

ONOMATOPEYA

Orec Ostroi estaba condenado a morir. Como la mayoría de los miembros de la Corte, en realidad no tenía pecado alguno, pues poca influencia tenía este músico real en las decisiones que llevaron al país a la ruina. Sin embargo, por el delito de asistir a festines mientras el pueblo moría de hambre, de festejar durante el sufrimiento de la gente, de permanecer leal cuando debió rebelarse como lo hicieron todos; al amanecer sería fusilado junto a todos los otros que sin sangre noble se codearon con los ungidos para mandar.
Saber que sus muertes dependían de la llegada del inclemente sol que por nadie detiene su paso, era una noción que aquejaba a todos los cortesanos que sin entrenamiento militar, o el espíritu necesario para ser un peligro real, permanecían confinados en una sala del castillo tomado que sería su tumba colectiva. La mayoría gimoteaban, otros tantos solo se balanceaban tomados de sus piernas esperando que la pesadilla pasara, y pocos mordisqueaban sin disfrutar las frutas que les concedieron como última cena. La única dádiva que se les concedió a todos estos infelices que tenían que morir porque eran un recordatorio de los tiempos decadentes que se combatieron.
De todas maneras Orec no podía darse ninguno de esos lujos. Tenía hambre, pero no tenía tiempo, pues tan pronto regreso del llamamiento del General rebelde que sería su verdugo y que alguna vez le alabó su trabajo en alguna de las fiestas de Su Majestad, papel en mano se aisló en una esquina donde se dispuso a hacer lo imposible para que se le concediera una última voluntad.
Rezó un par de veces por inspiración divina, desesperando no pocas veces al ver al retador papiro cuyos pentagramas trazó con el pulso de una vida dedicada a la composición burlarse de la locura que pretendía. Por momentos desesperaba ante la cacofonía de lamentos que lo rodeaba, y otras veces solo se levantaba vencido por la asfixia de saber que estaba condenado, no solo en su vida, sino al fracaso.
Los únicos descansos que tuvo de la tortura de saber vencido su tan alabado genio en este último momento de su vida, sucedieron cuando las damas de la corte se aglutinaban en la ventana diciendo que se le podía observar a la Reina, augusta, regina y gloriana, en su propio balcón. Muchas rezaban en voz alta al Altísimo para que concediera el milagro de hacerla resbalar y caer de la torre para que no sufriera la indignidad de morir entre barbarie y sed de sangre.
Mas Orec sabía que el único descanso que podría tener ella, dependía de él, y no iba para nada bien. Tomó las hojas aún en blanco y las arrugó en un arranque de locura contenida por el bailar de la flama. Justo en ese momento, un instante antes de desesperar ante la cera de la vela cayendo inevitablemente como el tiempo que se le escapaba, en su oído escuchó las cuerdas. Los violines y las violas se retaban unos a otros, desafiando su tiempo hasta que uno de ellos pudiera describir adecuadamente todo lo que se tenía que decir.
Sin pensarlo dos veces, desarrugó las hojas, abrió clave de sol y comenzó a colocar a las notas, hijas de su ingenio, mientras los alientos comenzaban su dulce canto en el fondo de su mente. No. Orec no podía permitir dejarse llevar por la musa, debía domarla, así que volvió a formular la entrada de los alientos porque ese clarín claramente se burlaba de la situación, proyectando alegría para la solemnidad que pretendía. Tres veces cambió las notas y aunque había un oboe que lo retaba, lo dejó ser para permitir que las percusiones se incorporaran.
Tenía algo, y no renegó. Estaba atrapado en el momento en que no necesitaba nada más que llevar su mano al extremo de vaciar su genio tal como lo componía, nota a nota, para cada instrumento de una orquesta perfecta formada por todos los mejores músicos que conoció en su vida, y que pese el oro de Su Majestad, jamás convergieron porque el tiempo no espera por nadie. Aun así, pese las interrupciones y la premura, todos ellos, cada uno de ellos tocaban su parte de manera armoniosa en su mente perdida en la creación.
La música era seductora, pero elegante. Tenía una manera muy personal en la que la cadencia de las notas engañaba para hacer creer que la secuencia se repetiría, cuando en realidad solo era preámbulo a una sección más larga. Y entonces, cuando el piano comenzaba su intervención, cada una de sus notas aportaba a la descripción de la mujer para la que se escribía este último vals; la reina que debía morir porque el hombre que desposó no supo manejar el país como ella manejaba la corte, con la pulcritud del piano cuando dos manos se deslizan en diferentes tiempos y tonos para que lo que expresa sea solo una parte de todo, pero nada hasta que se complemente con todo.
Era fácil hacerle justicia a esa mujer, porque la música era perfecta, y perfección era precisamente lo que la describía mientras los tonos graves comenzaban a relatar los enfrentamientos que tuvo con el Rey y como fue en sus sesiones tras las odiadas fiestas, en las que despertó en los oficiales, ese sentimiento de lealtad al pueblo, por encima de Dios y de la corona. Esa mujer que pudiendo ordenar que abrieran fuego contra las multitudes fuera del palacio, ordenó que las armas se depusieran sabiendo bien que era su vida era un símbolo al que se le debía matar. Una reina que frente a su última cena, solicitó que no se alimentara su cuerpo sino su alma, con último vals de su maestro compositor.
Pero ese maldito oboe se rehusaba a cooperar. Orec sabía que no podía dejarlo fuera. Era vital, pero no había tiempo para agregar un coro de voces que evitara que se saliera de control, especialmente ahora que el sol quería despuntar, por lo que en sustitución de él, para darle solemnidad a la tragedia, el maestro compositor, miró el cielo nocturno ceder gritando para despertar a los dormidos; ¡la última noche de nuestras vidas se termina!
El horror y llanto de los cortesanos le dio la tristeza que necesitaba para terminar la solemne memoria, tanto como la silueta de la reina asomándose para averiguar el estado de sus cortesanos, en esta la víspera de su propia muerte, le dio el ánimo suficiente a las cuerdas para elevar a la mujer de su historia a una nueva divinidad.
Tres golpes firmes en la puerta, le hicieron saber al guardia que el compositor estaba listo, y según las órdenes del General que alguna vez besó la mano de Su Reina y puso su vida en sus manos, si terminaba debía llevarlo, afuera al patíbulo, donde Su Majestad sería la primera en morir para evitar la indignidad de terminar sobre la sangre de comunes. La reina lo vio con alivio, y no atendió a su apariencia desgarbada, pues su ansia y hambre por una última cena, la llevó a devorar cada nota.
Orec miró en silencio como Su Reina descifraba la partitura de manera experta, y sonreía ante este último gozo divino. Al terminar, ella, dadivosa como siempre, agradeció solemnemente aun cuando notó que faltaba un cierre, poco considerando el milagro acontecido, mas el compositor en virtud de su arreglo, solicitó su última voluntad por haber logrado lo imposible. El general concedió, permitiéndole ser fusilado primero, y sus últimas palabras fueron; “no pierda el ritmo, primer ciclo y luego se repite completo”.
La reina le dio vida a cada nota en su imaginación, mientras el pelotón se preparaba para ajusticiar a Ostroi. Ella se saltó un latido cuando notó que las detonaciones que mataron a su compositor eran parte de la melodía, pero no olvidó repetir el ciclo, para que las propias detonaciones que le arrebataron la vida fueran coronadas con la onomatopeya que lo terminó todo: “tuddd”. La corona encuentra el suelo, luego solo silencio.

Jorge Armando Ibarra Ricalde (1983, México). Escritor, cronista, conferencista, máster profesional e investigador de juegos de rol. Entre sus obras se destaca Ataúdes de Acero.

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