Emmanuel Wagner

1

Hasta donde recuerdo la historia va así: tuve una reminiscencia de pájaros cantando ¿guacharacas? ¿pellares?, un violeta-rosa de amanecer, siluetas grisáceas frente a un potrero reverdecido, hojas cayendo irreales una mañana en un pueblo caluroso no tan lejos de Bogotá. Luego emergí de la humedad de tu sexo por primera vez, pero con la sensación de haberlo probado antes. Estaba en Cali. La memoria opera de formas extrañas. ¿Reminiscencias o vidas pasadas? El cuarto oliendo a marihuana, todavía once horas por delante, un jacuzzi que por higiene es mejor evitar. El cómo habíamos llegado a esto es algo que ignoro, así como la cantidad de horas que gastaríamos en moteles de la sur-oriental. La memoria opera de formas extrañas. Miento, solo es la hierba.

2

Recuerdo cuando se iba a acabar el mundo. Bueno, el mundo no se acabó, aunque tampoco habría importado. ‘El Panochazo’, como cada viernes en la noche, ofrecía barras en tablones a un paso del andén, una limitada variedad de cerveza y una luz verdosa oscura, que combinada con un almendro plantado en la mitad de la pista conferían al bar esa atmósfera de pobreza universitaria. Habíamos bebido tres rondas de cerveza con el patrocinio de Angie, que esa misma tarde había recibido una importante suma de dinero. Tras todo el día sin saber de ti llamaste. Un estanco de la 66, tu mejor amiga recién llegada de la costa, etc.

Alguien sugirió ir a bailar a ‘La Topa’. Taxis, entradas a la discoteca para nueve personas, licor y comida, todo corría por cuenta de Angie y su euforia indómita. A cambio solo exigía ocupar el asiento del copiloto. Me subí atrás, consciente de que tendría que cargar a alguien. Clepsidra alguna vez en el pasado me había encerrado en un baño, con ella adentro. Cuando subió miré hacia la ventana, antes de sentarse abrí las piernas hasta donde la puerta a mi izquierda y Henry a mi derecha me lo permitieron. Me recosté en el asiento y el bulto empezó a crecer envenenado de lascivia y oportunismo. Ella se acomodaba y me sonreía en el retrovisor.

Cuando bajamos del taxi ya estabas ahí, muy intoxicada para pronunciar mi nombre, lo suficientemente decidida a no soltarme los labios. Por algún motivo no entramos a ‘La Topa’, en cambio recorrimos sin sentido el norte de la ciudad, retrasando al grupo al detenernos a besarnos en las esquinas. Dos taxis después tuvimos nuestra fiesta del fin del mundo en casa de Angie. Lo cierto es que, fuera de tu cuerpo, todo carecía de sentido desde el momento en que había bajado del taxi y me habías reclamado como tuyo. En el pasillo la fiesta, en un cuarto tú y yo, una noche larga y expediciones esporádicas en busca de tequila y marihuana. Supe que no me habría importado ser sorprendido por el fin en la soledad cómplice de tu sexo. Find what you love and let it kill you, dijo Bukowski (creo). ¿Amarte? Ni pensarlo, y aun así me estabas hacienda pedazos.

3

La universidad, en su infinita generosidad, ofrecía zonas verdes para el consumo de alcohol, drogas y esparcimiento cultural y deportivo, sumados a música tan heterogénea que uno podía pasar de una salsa brava a un tema de metal sinfónico en dos segundos. Esa noche la plazoleta estaba particularmente concurrida, entre muchas otras cosas dos músicos brasileros tocaban reggae bajo un árbol. Te vimos cantando, armonizando sus guitarras. La gente se agolpó, escuchó, aplaudió. Los demás bebíamos licor de naranja sentados en el pasto, lejos del epicentro de la actividad. Johanna apareció con la luna nueva. No había sido hacía tanto tiempo y sus crespos me recordaban nuestra fugaz etapa de amantes y un posterior y civilizado trato de amistad. Esporádicamente te buscaba con la mirada, solo para comprobar que cada vez intimabas más con los malditos brasileros. Como si escuchara el resentimiento alojado en mis huesos, Johanna me pasó una botella de aquel licor artesanal, luego sonrió y me preguntó en broma si recordaba cuando solíamos tocarnos detrás de aquel edificio. En broma le respondí que sí. Dos minutos después, detrás del edificio nuestras manos hurgaban en la ropa interior del otro. Escabulléndonos del grupo terminamos en su casa, donde demostré un mediocre desempeño sexual.

La mañana siguiente, en lugar de ir a casa me dirigí al campus. Andábamos buscándonos y no tardamos en coincidir. Eran las diez de la mañana y olías a resaca, olías a noche anterior, vos tampoco habías ido a casa. Nos sentamos frente al lago, tranquilo y sucio como nosotros. Fumamos y fuiste golpeada por un violento destello de sobriedad. Me pateaste las canillas, maldijiste entre dientes ‘¿Por qué te tenías que acostar con ella?’. Al final parece que sí habías ido demasiado lejos cuando meses atrás habías aclarado que vos te ibas a comer a otros, que yo podía acostarme con otras. Siempre es más complicado. Mis canillas llevaban la peor parte, aunque nada me impedía detenerte. Un beso te robó la furia, me agarraste el cabello y nos tumbamos en el pasto, entre las colillas y botellas de la noche anterior. Recuerdo que dijiste mi nombre. Recuerdo que cantaste como un ruiseñor ebrio al mediodía.

4

No fueron pocas las veces que esperé en vano, pero no mucho antes del final te propuse una cita, aunque seres como vos y yo no estuviéramos hechos para lidiar con todo lo que esa palabra implicaba. Con todo, en su momento fue una invitación sincera ¿o es que acaso no podíamos ser más allá de las drogas y el alcohol? Esperé por tres horas ¡tres horas! Cuando te dignaste a contestar diste un chillido y te disculpaste. Lo habías olvidado, nada nuevo. Colgué y lancé el teléfono al otro lado de la calle, con tan mala suerte que logré mi cometido: hacerlo trizas. Tampoco era la primera idiotez que te dedicaba, así que compré dos six-pack de cerveza y me senté en el bulevar a beber solo. Una última idiotez en tu nombre.

5

La semana pasada pasé por ‘La cacerola’. Eran las dos de la tarde y volteé a mirar al escuchar risas. Me encontré con tus ojos. Sonreías. ¡Sonreías, maldita sea!

Emmanuel Wagner (Colombia, 1991). Actor, dramaturgo y cuentista. Ha participado en los grupos de teatro LACCAB y Entropía Centro Para la Investigación Teatral. Ha publicado cuentos en las revistas Lexikalia, Tríptico, y Literatura del arte. Su texto teatral El fin resultó ganador en la convocatoria ‘Teatro por un rato’ en 2015. Sus textos Al sur de la utopía, Otro muerto sin sepultura, y Ausentes han sido llevados a escena. Trilogía para teatro Tríptico de la vergüenza en Fallidos Editores (2021).

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