Edison Arango Sepúlveda

La sombra

Finitud de la instancia en que la palabra fue retrato de un recuento de soledades en la noche. Cuán estancia de certezas en que el ojo terrenal atestigua la forma real de lo perpetuo en todo, en la mirada que se aquieta como pesadumbre que oscila la verdad en el idilio de los silencios perdidos.


Ser en esta casa de fantasmas, pasos perdidos que han sido reflejo en ese espejo donde se ve la misma muerte en vigilias de la oscuridad distante, que es dibujada para mirar la estela nocturna en el viejo camino del olvido, se presenta en todo ámbito.


La vida está en vela, está en el tiempo y espacio como moribunda en la espera de una verdad que se teje en cada día, como el final de lo incierto en la simiente de la mañana, albergada en el alma. Rastro venidero del umbral, del vacío, se asienta en esta hora de lo que fui, y ahora solo queda la angustia del otro que yace en la instancia de lo ausente. Empezar a delinear la oscuridad que camina los mismos pasos en el ocaso que retorna.

Finitud

Antes del misterio que fue la noche hubo manuscritos y preludios de la soledad. Ayer fue el día para encauzar penumbras y en el origen se mece una claridad que pertenece al tiempo muerto en nosotros.


Ahora se encumbra la desidia del otro que fui en la ausencia, el curso de la remembranza torna al sendero patente como espejismo del olvido. Todo mortal se anega en el pozo inmutable de la pena. Allá en el espejo, miramos el mismo portal negro del ojo intruso en la conciencia, y en la mirada evocada en la cúspide de la certeza se esclarece el final de un diluvio incesante en el alma.


Aún en ese instante de la muerte narrada en miles de horas que son inventadas en el tiempo, hay un solo confín en la noche que preludia el misterio que pervive en sombrías estancias, es la finitud terrenal, etérea en nosotros y tan cercana cuando los días se cuentan perpetuos.

Ausencia

En la palabra está la sombra que adviene perpetua en el tiempo. Ahora deambulan las palabras, hacen y deshacen la forma de un paso que ya dado en el transcurso sólo se hace más incierto.


En el camino, allá anduvieron los tiempos de un comienzo que realzan la noche y el dolor que impera en el cuerpo del peregrino. Ahora la senda es palpable, se dibuja y asciende en la penumbra, el poniente reaparece en la potestad del portal donde se pierde la oscuridad que circunda todo tiempo.


Ahora solo cantos y elegías retornan a la memoria, solo el perenne vacío que se incuba en el preludio de una muerte para enclaustrar la vida, y así encontrar otros días donde se repita la palabra que constata todo, la palabra ausencia.

Vastedad de sombras en la hora

Del desvelo, en la noche se agolpan

Las tragedias en el tiempo.

Ausencia, más verdad

Que la certidumbre de volverse silencio

De un tiempo pesado en lo ignoto.

En lo estrictamente mortal se vislumbra

Una sola noche del ensueño y postrera

Y latente se anda por la senda volviendo a la evocación.

Silencio más profundo en la excelsa vislumbre del tiempo, y el camino se habita en certezas del retorno al centro del amor que dejó los ecos de su presencia. Adiós, en penumbras la oscuridad retracta su designio que fenece para un olvido patente en todo. En nosotros, vía al laberinto del final, en la muerte seguimos dilucidando la senda para pronunciar penumbras y escuchar las voces de un confín en que vuelve el preludio que habita la vida, que habita el secreto para el sueño perdido.

Recordar

En el latido que es preludio

Para la vida que reaparece

Como luminosidad, como arte

Que se integra en el cuerpo

Abatido ya en la añoranza de

ser y hallar el aire, allá está

el tiempo para transcurrir en

el silencio que ampara el portal

de lo vivo, de lo significante para

destruir la terrenal muerte que vislumbra

el tiempo, aquella anuncia solo el ocaso

de un relato perenne que nos narra

en la ventura de lo que fuimos y en la desolación

de una nada que queda deambulando como sombra.

A toda instancia en perplejos caminos del instante,

Volver a escribir las noches para  encontrar los

Paisajes perdidos en la memoria y así andar

Como foráneo en rastros de temporalidad

donde se halla el imperio de lo eterno.

…..

Lo que primó en el retazo  de la memoria, el idilio apagado

Instando a la agonía del camino que tiene pasajes donde la ausencia

Acecha para olvidar, se encuentran parajes de soledad divisada

En claridad de estrella, punto blanco, mirada en el espejo, para un ojo perpetuo

De la muerte.

Diario

Al mirar los ojos de aquel reflejo, la noche va enlazando cada imagen de los tiempos que atraviesan esta historia. Oscuridades que se dibujan devenidas de un confín de recuerdos, aquellos tiempos de un caminante que a cada paso dejó rastros de claridad y también de épocas aciagas, la mirada queda suspendida y hay un libro interminable en la espera de ser releído.

Las líneas escritas sobre esta obra corta esclarecen cada capítulo, y yace dentro un mural de la certidumbre de aquellos anhelos que han marcado un final aún incierto. El tiempo va dejando un rastro que deambula todos los días en  el silencio, una duda se va tejiendo en cada noche que miro  mi rostro en este espejo, allí en ese pequeño instante en que la contemplación se forja en su estado más perfecto puedo entender las sonrisas desaparecidas, lo difícil que va siendo el paso complejo de los años que laceran más  la voluntad, aun en mi cuarto hay líneas de  tiempo que no logro revisar, palabras que en la memoria se van tejiendo en hechos memorables del sueño.

Ahora mis ojos deambulan mi cuerpo como contemplando lo fantasmagórico, como la sombra que nos persigue en la viva luz de todos los días. Rutilante aquella mirada, que absorbe toda atención en la rutina, cuan cadena es la misma línea que perseguimos en el tiempo, mi reloj como una reliquia se ve en el espejo, se ve en la perplejidad y aun así me tienta en mirar su hora exacta como el hábito que se va construyendo.

Vuelvo a mirar mi rostro en una ansiedad que desborda la locura, el espejo se mueve conmigo y me persigue en el paso que doy, pienso en mi ámbito y en las formas de desterrar la nostalgia, el recuerdo se esgrime en su estela incierta y en  la noche se hace aún más  profundo su camino,  vastedad de incertidumbres a la misma hora en que el retrato  aparece de nuevo, y allí comienza otra vez el juego mortal de la espera,  de la remembranza como  arma infalible en mi rostro, los años  van dejando retratos plasmados de este y otros días como una colección de  imágenes, que despuntan heridas y horas eternas que invaden  el recinto.

Edison Arango Sepúlveda (Medellín – Colombia, 1994). Abogado de profesión y aficionado a la literatura, su género favorito es la poesía. En el ámbito cultural se desempeña en la gestión efectiva de proyectos que integran las diversas artes, especialmente la literatura y la poesía. Su poesía ha sido incluida en el libro Antología del amanecer (Medellín, 2021). Como escritor aficionado se aventura en la prosa poética y le gusta asistir a los talleres de literatura con la finalidad de conversar y poder aprender más sobre la labor del escritor. Participante del ciclo de Poesía Life 2.0 Raíces del umbral americano: hacia un revisionismo poético y Poéticas de la otredad (Colombia, 2020 -2021).

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