Andrés Hernández Daza

Dedicado a todos mis abuelos y a su memoria, especialmente

a mi abuelo Valerio, quien vivió y aún sufre los residuos de la violencia

Algunas veces cuando hablamos del libro Cien años de soledad, encontramos diferentes sentimientos generados por esta lectura, ya sea hacia el libro mismo o hacia el autor. Son sentimientos que deambulan entre el amor y el odio. Por mi parte, cuando leí por primera vez aquel libro no logré comprender nada, bueno, lo único que logré fue una mala nota en el colegio por un resumen mal hecho. Desde ese instante comenzaría a esquivar libro y autor. Lo curioso de ese sentimiento que mencionaba es constatarlo en las reacciones de las personas, algunas de ellas cuando sale a relucir el tema sobre Gabriel García Márquez, denotan lo mismo; se amargan y hacen un gesto como si acabaran de mascar una hoja de cartucho, ¿no me cree?, pregúntele a alguien o masque una hoja de cartucho.  Por otro lado, están aquellos fervientes amantes que no se acostarían con otro libro y que danzan entre mariposas amarillas al referirse al libro/autor.

Años más adelante entendí que el problema no es el autor, no es el libro, es la comprensión y la dimensión que tiene la obra al momento de caer en nuestras manos. Bien sabe usted que los libros son un juego de azar, más bien como una ruleta rusa, unos libros nos dejan pasar y otros dejan su bala incrustada por vida.  Es mi caso, no gocé la lectura de cien años de soledad y tardaría un buen tiempo para volver a acercarme a un libro de este autor. La reivindicación comenzaría con la lectura del libro: Del amor y otros demonios; con “La increíble y triste historia de la Cándida Eréndira y su abuela Desalmada”; y con algo muy grave va a suceder en este pueblo. Pero realmente hay algo más significativo que eso, que traspasa cualquier enunciado de las obras y fue lo mencionado algún día por un profesor.

En una clase a la cual asistía en la universidad se enunció lo siguiente: Cien años de soledad muestra la estirpe de lo que somos los colombianos (E, Dussan, Electiva temática de Identidad social y textos estéticos, 2017). En ese momento por la misma experiencia con el libro no le di mucha importancia; sin embargo, cuando retomé el texto encontré algo que va más allá del realismo mágico y la ficción, y que hasta el día de hoy retumba en mi mente y mis manos. El libro es la realidad violenta, muestra diferentes problemáticas sociales que ha sufrido y sufre Colombia, bueno, tal cual como ha de ser el realismo mágico, ¿no? Es por eso que, en este ensayo, con respeto al autor y del lector quiero hacer unas analogías del libro cien años de soledad, una comparación a problemas sociales colombianos — que están casi que explícitos en el libro—, y, una reflexión sobre la estirpe Buendía. Quizá para algunos son temas de obviedad, quizá a otros les permita acercarse o reivindicarse con el libro.

La primera analogía a la que quiero referir es la fundación de Macondo y su relación con la constitución de Colombia, y asimismo empezar a hacer la reflexión sobre la estirpe de los Buendía, que prácticamente es el desencadenante de las problemáticas en la historia. En el capítulo 2 podemos contemplar la fundación de Macondo, la cual es consecuente a un acto de violencia. José Arcadio Buendía asesina a Prudencio Aguilar, todo por el rumor y la burla que, José Arcadio era impotente. Se narra así el asesinato:

“—Y tú, anda a tu casa y ármate, porque te voy a matar—. Diez minutos después volvió con la lanza cebada de su abuelo. En la puerta de la gallera, donde se había concentrado medio pueblo, Prudencio Aguilar lo esperaba. No tuvo tiempo de defenderse. La lanza de José Arcadio Buendía, arrojada con la fuerza de un toro y con la misma dirección certera con que el primer Aureliano Buendía exterminó a los tigres de la región, le atravesó la garganta (p.26).”

El fantasma de Prudencio comienza a atormentar a José Arcadio, es así como toman la decisión de irse del pueblo. Tomarían rumbo hacia la Sierra y fundarían Macondo. Esto realmente no es inherente a la fundación de Colombia. Sin situarnos desde el periodo hispánico podemos observar que el siglo XIX estuvo en una constante violencia, especialmente lo comprendido desde el año de 1839, por todo el asunto de las guerras civiles ocasionadas por los bipartidismos, asunto que tiene que ver con la próxima analogía.  

La siguiente analogía a la que podemos apelar es la de los gemelos Buendía. Con impulso a errar, quizá estos dos hermanos se ven entre las dos corrientes políticas marcadas del país. Gabriel García Márquez los enuncia como dos personas idénticas al nacer e idénticas al morir, de esta manera:

“Esa noche, en la cena, el supuesto Aureliano Segundo desmigajó el pan con la mano derecha y tomó la sopa con la izquierda. Su hermano gemelo, el supuesto José Arcadio Segundo, desmigajó el pan con la mano izquierda y tomó la sopa con la derecha. Era tan precisa la coordinación de sus movimientos que no parecían dos hermanos sentados el uno frente al otro, sino un artificio de espejos (p.171).”

La cita anterior no la quiero referir como un artificio dentro del campo semiótico, sino desde una perspectiva identitaria. Lo que se plantea entonces, es el nacimiento de dos ciudadanos del país, prácticamente se está hablando del gemelo o del hermano como el compatriota, el otro. Sin embargo, más adelante se rompería aquella lazada, tanto históricamente como en el libro mismo. Dentro del contexto histórico esto se vería marcado desde 1812, con la guerra entre federalistas y centralistas. Luego, en 1839 con la guerra de los Supremos. 1851, la guerra del 7 de marzo. En 1860, la guerra civil de Federación. La guerra de 1876. La guerra de la Humareda en 1885. Guerra civil de 1895. Y la guerra que marcaría todo el siglo XX y que hasta los días tendría su repercusión en el pensamiento colombiano, la guerra de los Mil Días, que más adelante resurgiría en el período de la violencia y el conflicto armado interno de Colombia.

Aquel reflejo de los dos gemelos se va perdiendo mientras van creciendo, ambos toman rutinas y rumbos diferentes, así como se manifiesta en el capítulo 10 de la obra:

“El tiempo acabó de desordenar las cosas. El que en los juegos de confusión se quedó con el nombre de Aureliano Segundo se volvió monumental como el abuelo, y el que se quedó con el nombre de José Arcadio Segundo se volvió óseo como el coronel, y lo único que conservaron en común fue el aire solitario de la familia. Tal vez fue ese entrecruzamiento de estaturas, nombres y caracteres lo que le hizo sospechar a Úrsula que estaban barajados desde la infancia (p.181).”

A pesar de estas diferencias hay dos elementos que vuelven a aunarlos: el amor y la muerte, como es el caso de todos los hombres. En relación al amor los dos gemelos compartían una misma mujer, y lo siguiente lo dejo al juicio del lector… ¿no podría ser Petra Cotes una representación misma de Colombia con los gemelos Buendía?  En el asunto de la muerte lo colocaré en dos momentos, las bananeras y el fallecimiento de los dos hermanos. Si bien se cuenta en el libro y, que, aunque no sea considerada una guerra civil como tal, pero como dice en el libro: ‘casi’, José Arcadio Segundo tiene vivencia o muerte (según se vea) dentro de la masacre de las huelgas de las bananeras. Un fragmento de aquella vivencia en la masacre de las bananeras después que el capitán diera la orden de fuego:

“Cuando José Arcadio Segundo despertó estaba boca arriba en las tinieblas. Se dio cuenta de que iba en un tren interminable y silencioso, y de que tenía el cabello apelmazado por la sangre seca y le dolían todos los huesos. Sintió un sueño insoportable. Dispuesto a dormir muchas horas, a salvo del terror y el horror, se acomodó del lado que menos le dolía, y sólo entonces descubrió que estaba acostado sobre los muertos. No había un espacio libre en el vagón, salvo el corredor central. Debían de haber pasado varias horas después de la masacre, porque los cadáveres tenían la misma temperatura del yeso en otoño, y su misma consistencia de espuma petrificada, y quienes los habían puesto en el vagón tuvieron tiempo de arrumarlos en el orden y el sentido en que se transportaban los racimos de banano. Tratando de fugarse de la pesadilla, José Arcadio Segundo se arrastró de un vagón a otro, en la dirección en que avanzaba el tren, y en los relámpagos que estallaban por entre los listones de madera al pasar por los pueblos dormidos veía los muertos hombres, los muertos mujeres, los muertos niños, que iban a ser arrojados al mar como el banano de rechazo (p. 298).”

José Arcadio intenta comentar lo sucedido y nadie cree en él, todo porque el bando Nacional ya había ocultado y difuminado la historia de lo sucedido. ¿Esta masacre del año 1928 no es similar a la actualidad del país? Me remonta a pensar en los asesinatos por peleas de los Derechos fundamentales, en aquellos líderes sociales, los falsos positivos, las muertes infames y sin sentido de gente que ni siquiera debía estar involucrada en la guerra, y que por algunos son llamados como: ‘malhechores’ o “Eso era que estaba haciendo algo malo”. Se dice que son personas que estaban en el tiempo y espacio equivocado, pero que ese tiempo y espacio equivocado pareciera recorrer los 32 departamentos. El otro punto a tratar sobre la muerte es en el fallecimiento de los gemelos. A pesar de haber sido dos personas tan diferentes se les muestra como dos personas idénticas al nacer e idénticas al morir. Pienso que Gabriel García Márquez quería mostrarnos que somos iguales o idénticos al nacer, y que vamos separándonos de esa igualdad a medida que crecemos y a medida que intervienen las convicciones y beneficios. A fin de cuentas, al momento de encontrarnos en el nicho venimos siendo la misma carne, los mismos huesos y el mismo polvo que se funde en la tierra. 

Dejando descansar a los gemelos Buendía, podemos ver también la problemática de la prostitución dentro del libro. No pretendo enunciar a discriminatoria a aquellas personas que realizan esta actividad, puesto que cada razón siempre será distinta. Tampoco quiero profundizar en el personaje de Nigromanta. Más bien, enfatizarlo en la explotación y prostitución infantil.  Dentro del capítulo 3, Aureliano José se encuentra con la Candida Eréndida, una niña obligada por su abuela a prostituirse para poder restituir la casa que quemó:

“Dos años antes, muy lejos de allí, se había quedado dormida sin apagar la vela y había despertado cercada por el fuego. La casa donde vivía con la abuela que la había criado quedó reducida a cenizas. Desde entonces la abuela la llevaba de pueblo en pueblo, acostándola por veinte centavos, para pagarse el valor de la casa incendiada. Según los cálculos de la muchacha, todavía le faltaban unos diez años de setenta hombres por noche, porque tenía que pagar además los gastos de viaje y alimentación de ambas y el sueldo de los indios que cargaban el mecedor (p.56).”

Los temas de la obra no son inherentes a la realidad, tampoco la realidad es inherente a la obra. Claro, desvinculándola de un proceso teórico de contrastación de la realidad. Esa violencia ha desencadenado problemáticas sociales como lo ha sido la prostitución, el desplazamiento, el asesinato, entre muchas otras.  ¿Y esa mantenencia de la violencia no era propia del coronel Aureliano y de su sobrino Arcadio? ¿No es esa misma guerra la que desplazó y mató a los 17 de hijos del coronel?, piense que nosotros somos directamente los hijos del coronel; pero en vez de 17 somos cuarenta y cuatro millones ochocientos y tanto mil. 

Quisiera finalizar el tema de las analogías con una que no es sacada directamente del libro, sino de la realidad. Mi abuelo se me asemeja a José Arcadio Segundo, tanto por lo que vivió en el periodo de la Violencia, como a la forma que hace memoria de las Bananeras José Arcadio Segundo. Al igual que José Arcadio Segundo la muerte exhala un pequeño, pero a su vez un enorme recuerdo sobre la violencia. Para José Arcadio “debían ser tres mil”, para mi abuelo eran sus hermanos. El abuelo ya a sus 94 años se va despidiendo entre achaques y recuerdos de aniquilamiento. Vivió la época en donde las casas eran quemadas y saqueadas, todo por el estallido de las peleas bipartidistas. Víctima del desplazamiento por esta violencia, pero nacido con algo de la astucia de la estirpe Buendía, anduvo en el monte esquivando a la muerte; sin embargo, la familia ya cansada de desplazarse decidió asentarse a esperar. Es él quien hoy cuenta su historia, así como lo hizo José Arcadio Segundo tratando de recordarle a las personas cuántos y quiénes son los muertos que cargan. Muertos que cargan los ojos, que aprietan el corazón y que muy seguramente se irán con él a la tumba.

Quizá la guerra y la violencia pueda apaciguarse cuando cada uno de nosotros de la estirpe Buendía, en especial los dirigentes, se den cuenta al igual que José Arcadio Segundo, que la guerra es un vacío del corazón; un vacío llenándose de avaricia, obstinación, control y daño ajeno hasta más no poder. La gente está cansada de la violencia; sin embargo, eso por ahora no cesará. Es una guerra que se apacigua, que quiere morir y revive, esa que esperanza con su resurgimiento y también con su fin. Hasta que no se concilien todos los corazones y los intereses personales no habrá esa paz tan anhelada, porque así como lo enunciaba Kant en el libro de la paz perpetua:

“No debe considerarse valido ningún tratado de paz que se haya celebrado con la reserva secreta sobre alguna causa de guerra en el futuro” (1998, p.5).”  

Esta estirpe de bellas tierras es como si hubiese sido parida por nuestra Eva mitocondrial Úrsula. Tal cual como si el día que cada uno de nosotros nació fuéramos la ventura de una aberración, como si se tratara de una causalidad mal ejecutada y mal planeada. Por aquí a unos les toca la buena vida, a otros no tanto; y a otros más ni se les asoma la suerte, pero sea cual sea su condición todos cargan (por poco que sea) algo de la estirpe Buendía. Ese gen quedará reluciéndose la mayoría de veces dentro de la intolerancia, la violencia y la arrogancia que no permite aceptar el error. Esa que no soporta posturas políticas diferentes, a las orientaciones religiosas, al género, a la raza y demás asuntos políticos cultuales que nos llenan a los hombres. Ese gen que reluce entre ser ‘avispado’, entre la calumnia, en el robo, en el asesinato; ese que prefiere su bienestar por encima al de los demás. La palabra y la alteridad aquí se convierten en una sentencia de muerte, ¿cuántos Prudencios Aguilar no cargarán algunos a sus costas? Por cierto, usted se puede tomar la libertad de señalar una doble moral porque yo muchas veces no puedo tolerar ciertas cosas en los demás. 

Para aquellos que aún guardan esperanzas en el cambio del país me sumo en una pequeña — pero muy diminuta medida — forma de creer en ese anhelo de un posible cambio. Sin embargo comparto lo que enunció Gabriel García Márquez:

“(…) nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra (1982).”

Por mi parte, respecto a lo que está fuera de ese pequeño anhelo y, en una utopía menos probable a la anterior, este país cambiará cuando el último de los Buendía se consuma por toda la eternidad en el olvido. Un olvido muy ajeno al de hoy. Quizá, de esta manera, se pondrá final a todo el mal que carcome a cada cosa que se relaciona o que carga con el gen Buendía.

Referencias

García Márquez, G. (1967). Cien años de Soledad. Editorial La Oveja Negra y R.B.A., Proyectos Editoriales S.A.

JQD Libros & Literatura. (2020, 06 de agosto). Gabriel García Márquez – Discurso por la obtención del Premio Nobel de Literatura (1982) [Video]. Youtube.

https://www.youtube.com/watch?v=dDCz8iiNLAQ

Kant, I (1998). Sobre la paz perpetua (6ta edición). TECNOS S.A. (Original publicado en 1795).

Andrés Hernández Daza (Bogotá, Colombia, 1993). Culminó sus estudios como Licenciado en Humanidades y Lengua Castellana en la Universidad Distrital Francisco José de Caldas.  Dedica parte de su vida a la docencia, a la lectura y a la escritura. Se considera melómano, así que dedica su otra parte de vida a este arte.  

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